Ir al contenido principal

Entradas

Sacrificios de estos y otros tiempos

No voy a referirme a sacrificios humanos en honor de su correspondiente deidad, pues para eso está la historia sagrada de las religiones. Tampoco si las ofrendas eran cuerpos de animales. Dejémoslo para la historia y para la antropología. Sí, en cambio, debo citar como sacrificio humano a las víctimas de holocaustos. También a los que han sufrido y aún padecen persecución y muerte por su pertenencia o sentimiento religioso. Todas esas vidas sacrificadas por vacuo despecho u odio desesperado. Igualmente han sido despreciables los autores de actos de hecatombe, diezmando ejércitos vencidos por venganza o quitando la vida a colectivos y grupos de personas por profesar ideas contrarias a las suyas en lo político. Unos sacrificios humanos que aúnan repugnancia con impiedad. Un sentido canallesco merece el exterminio de los llamados escudos humanos en las guerras y las luchas tribales, cuyo ensañamiento enardece ánimos enfrentados. Asimismo ¿se debe asumir una inmolación a cambio del sacrifi...

¿Por qué es usted solidario?

Solidaridad, esa unidad lingüística con la que se nos llena la boca cuando la usamos como sustantivo, común o propio, o es transfigurada al modo gramatical que le corresponda, tiende a ser socorrido término de muchos propósitos y bienquereres varios. Resulta no serle extraña a la política, cómoda al sindicalismo, caritativa a la religión, ampulosa al periodismo, magna al derecho Natural y firme al de Obligaciones, popular al mundo trabajador y de denominación geográfica, y hasta espacial. Podría decirse que este lustroso vocablo es conocido y pronunciado masivamente a diario en todo el mundo. Es, por demás, inteligible en variedad de países y muchos idiomas. Se trata, a buen seguro, de la manera de interpretar más favorablemente el entendimiento entre los pueblos. Puede resultar pretencioso dedicar unos párrafos a tan importante palabra. También podrá procurarse algunas cosquillas a bienintencionados sociólogos que los lean. Pero no, no es mi propósito desarrollar la materia, ni por as...

El disfraz de la palabra

Acabamos de dejar atrás un tiempo de disfraces. Esperaba yo un Carnaval algo más lucido y sin embargo parece que este año se haya reducido al mundo infantil escolar, siempre bienvenido en calles y colegios, alguna muy puntual crónica televisiva y un par de chirigotas gaditanas vía WhatsApp. O yo he estado fuera de juego. El caso es que la ocasión festivalera tradicional me da pluma para referirme a otro tipo de disfraz que está en boga para quedarse, que me temo perdure y hasta se multiplique: el de las palabras “disfrazadas”. En este tiempo de nuestro entorno vienen apareciendo al uso diario palabras viejas con sentidos nuevos. Vocablos ciertos de expresión y disfrazados de aplicación, que vienen a actualizarnos coloquialmente en diversidad de temas que nos trascienden. Elijo para empezar “políticamente correcto”. Se aplica como definición del lenguaje destinado a no ofender a determinados grupos sociales. O sea, se pretende tapar expresiones naturales de condición, situación y consti...

Sobre todo ¡no se altere! Después, reclame

Andamos a vueltas con personas y cosas, asuntos y negocios, que nos salen mal. Es demasiado normal la repetición de resultados frustrantes. Muchas veces sentimos desamparo en la búsqueda de remedios. Topamos con frecuencia con muros humanos reglamentistas y, en ocasiones, despreciativos. No trato de desconocer lo contrario -lo positivo- lo bien hecho. Lo que normalmente debería ser. Y acepto que algunas veces salgamos satisfechos de un “enroque”. De donde parto es del hacer bien las cosas como norma, como objetivo predominante del quehacer. De siempre he considerado que sólo existe un modo de acertar haciendo algo -casi todo- si nos empeñamos en no fallar. También estimo el error inevitable, que los hay, si bien con la debida previsión pueden acotarse. Y si fallamos, sirven para aprender y no repetirlos. Pero ocurre que se dan situaciones donde se ha errado, se ha confiado sin mesura, nos han confundido o, sencillamente, engañado.   Otras, los controles de seguridad, de calidad o d...

De tacos y palabrotas

Quien más y quien menos, algunas veces, suelta un taco . Siempre ha ocurrido y seguirá pasando. Hay ocasiones en que, ante un acontecimiento no esperado, habitualmente ingrato, nos molestamos y recurrimos al desahogo de una palabrota . Muy pocas personas podrán decir lo contrario. No porque no las haya, que puede ser, pero el común de los mortales sentimos la necesidad de una expansión verbal para acoger un disgusto. Ocurre, asimismo, cuando nos sorprende algo positivo que, por esa razón, nos alegra sobremanera, y se nos escapa -o decimos aposta- un vocablo malsonante. Son reacciones plenamente humanas, propias de gente normal, de indistinta formación, ocupación o posición social. Su espontánea alocución, esporádica y coloquial, aún sorprendiendo si no se   tiene relación personal, no molesta comúnmente. Otro juicio merece quien habla “mal” por vicio y lo practica de forma constante; o sea, sus conversaciones están llenas de esas palabras que resultan innecesarias para conformar el...

El feo oficio de la mendicidad

En los años cincuenta del pasado siglo, en algunas ciudades españolas, aún se explicitaba en cartelería callejera el reproche social de la mendicidad. Recuerdo haber pasado yo mismo a diario, camino de la Escuela de Comercio, bajo una placa que rezaba: Prohibida la mendicidad y la palabra soez.   De la primera intimación, mi primera adolescencia sentía a menudo disgusto y lástima. Pensaba en lo degradante que era considerar a una persona ser mendigo o pobre de solemnidad, como se decía.   Todavía entonces se arrastraban penurias de pobreza manifiesta presentes en la vida de esos seres que habían constituido la mayor parte de nuestras poblaciones y que tras una dura edad media aún se prolongó en la moderna. Y, lamentablemente, perdura en grandes áreas de la humanidad. Ahora, en este veloz siglo XXI, esta edad que los historiadores quieren denominar “mundo nuevo”, tenemos entre nosotros a nuevos mendigos . Esos aprovechados que ofician la mendicidad profesionalizando la del pers...

Las mentiras ya no acrecen la nariz

De mucho tiempo y lugar siempre se ha corregido a los niños que si decían mentiras se sabría seguro, porque les crecería la nariz. Conocida la vulneración de la verdad, si había razón severa, era costumbre acompañar la réplica con la advertencia de confesión sacerdotal y, si procedía anticipo de penitencia, aplicar un castigo de privación de cosa muy deseada. En las excursiones y sus cánticos infantiles, entonces y más tarde también, nunca ha faltado el popular “Vamos a contar mentiras”, aquel de …por el monte la sardina, tralará, tralará… como desahogo y chufla al requiebro de mentir.   Las mentirijillas y pequeñas trastadas podían considerarse de menor enfado y se solían responder con consejos de sus mayores venidos a ese cuento, aprovechando así abundar en la instrucción racional del menor. Pinocho, ese muñeco conocido como el icono de la mentira por excelencia, tiene presencia doméstica y es recurso gráfico habitual en todo el mundo. Públicamente, añadiendo largura al apéndice ...