Ayer (16 julio) el santoral reserva la fecha para ensalzar a la Virgen del Carmen -jardín de Dios- advocación mariana destacada sobre todo en países de influencia católico-latina, de iconografía presente en innumerables templos y venerada patrona del mar. Lo refiero aquí en su calidad de nombre propio femenino, popular y muy extendido, como punto del contraste que me inspira escribir sobre la evolución que está suponiendo, una más, el tratamiento de los actos del ser y del vivir. Llamarse, o sea que le llamen a uno, con un determinado nombre es una condición identitaria necesaria. Elegir esa denominación personalísima suele ser circunstancia notoria. Sin duda, el nombre de una persona es causa, y puede ser efecto, de trascendentes motivaciones. Había cierta costumbre ascentral en bautizar a los hijos con el nombre de los padres. Usados estos, se recurría a los de sus mayores y congéneres próximos. En su defecto, siempre quedaba el recurso al santoral y asignar el del Santo diario...
Este es mi pequeño rincón de expresión con el que pretendo dar rienda suelta a mi necesidad de explicar aquello que pienso y siento acerca de temas genéricos y, sobre todo, humanísticos, simplemente por el hecho de escribir y expresarme.