Quien se asoma hoy a la vida pública con el deseo limpio de sumar y construir suele retirarse a menudo con una extraña sensación de desasosiego. Es el peso de la bulla. Un barullo que no solo aturde el oído, sino que empaña la ética y fractura los puentes de la convivencia. Este ruido constante convierte el espacio común en un escenario incómodo. Nos topamos a menudo con la obstrucción sistemática, fraudes que desgastan la confianza y algunas agresiones cotidianas que minan la armonía. Sentir hastío ante este panorama, o incluso un íntimo rechazo, no es un síntoma de debilidad ni de desinterés. Al contrario, es la reacción natural de una conciencia sana. Es la mente que se niega a aceptar la crispación y el desorden como el estado normal de nuestras vidas. Esa contradicción entre el deseo de progreso y la realidad del tumulto es un viejo dilema humano. No somos los primeros en experimentar este cansancio moral ante las inconsecuencias del grupo. En el ecuador de...
He dudado si titulaba este artículo tal está o si usaba el gerundio de regresar y he decidido despedirme, al final de mis reflexiones, con un regresando . Porque ese será el objeto de esta mi pretensión. En varias consultas de opinión, he leído que el buen humor puede entenderse de muchas maneras y todas ellas siempre como una motivación positiva. Generalmente coinciden en que, ese estado de ánimo, produce sensaciones de placer y satisfacción También se justifican cosas del mal humor, pero esas no me interesan tanto hoy. Sencillamente, porque tenerlo, aún siquiera por un momento, no digamos de tenerlo siempre, es algo negativo por insalvable. La propia RAE hasta permite sustantivarlo como malhumor. Para la psicología básica, el buen humor se considera una herramienta clave para regular las emociones y mantener el bienestar mental. Está bien describirlo así, pero se me queda algo corto. Porque entiendo que, además de sentirse bien, el estado emocional de buen humor, tendr...