Todos los seres humanos tenemos pequeñas manías. Algunas son casi imperceptibles: sentarse siempre en el mismo lugar, repetir ciertos gestos antes de empezar una tarea o visitar de manera habitual un mismo sitio. Otras resultan más visibles y pueden parecer extravagantes o incómodas para quienes las observan. La manía pertenece al territorio de la repetición. Es una conducta que se instala en la vida cotidiana y tiende a reproducirse casi automáticamente. A veces nace de la costumbre, otras del deseo de orden, de seguridad o de control frente a la incertidumbre. Por eso las manías pueden parecer triviales, pero también revelan algo profundo sobre la psicología humana. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿son simples hábitos curiosos o pueden convertirse en una forma de obsesión que limita la libertad personal? Una persona que siempre toma el mismo camino para ir a un lugar quizá no lo haga por necesidad, sino por comodidad mental. La mente humana tiende a economizar esfuerzos...
Sí, así lo estimo. La falsedad ha llegado a convertirse en un referente expansivo de la falacia y, por extensión, a la palabrería inclusiva de última generación del consumismo y posicionamiento discutibles de la vida social y política de esta hora. Llevamos ya unos cuantos, muchos años, que se suceden raros, donde los epítetos bulo y fango, han supuesto terminología al abasto de todo tipo de discusión donde la razón se orilla para contraponer lo obvio o, cuando menos, cuestionable. Qué bien está que lo discutido pueda conocerse y contar con un criterio admisible, aunque no se aprecie lo mismo por la otra parte. Lo que sería impropio es usar el insulto o la negación por defecto, para justificarse. El engaño en lo que se explica y se mantiene como cierto y seguro sin probarlo, y el vicio oculto; la excusa imposible por su incoherencia, y cualquier manifestación carente de lógica, de sentido común racional y presumiblemente deshonesta por actos conocidos, resulta repudiable. No cabe ...