Estoy instalado en un proyecto personal de objetividad, que me suponga asimilar planteamientos y conclusiones sobre los resultados de un principio subjetivo mayor que dicen llamarse “el punto de vista de cada cual”. Porque no me conformo con las manida excusa de casi todos que, al opinar distinto de lo que manifiestan otros, sobre los mismos considerandos, normalmente actos, valores, opiniones y conductas personales, concluyen el diálogo con un “todo resulta ser según el color del cristal con que se mira”. Los diferentes puntos de vista, que resulta cabal reconocer en las percepciones de todos los individuos y sus grupos sociales, respecto de acontecimientos ya reales, o sus expectativas, y sus posibles conclusiones sobre deseos y esperanzas por cumplirse, son un producto natural de la capacidad que tenemos los humanos en el cerebro, que actúa de filtro selectivo individual para, mezclando sensaciones e historia archivada, así se determinen. Hacía mucho tiempo que yo no había oíd...
Observo la calle y el incesante desarrollo de sus gentes: quienes caminan deprisa, quienes descansan en un banco, quienes suben y bajan de los vehículos, quienes los conducen, quienes entran y salen de viviendas, oficinas o comercios. Y, casi sin querer, me siento por momentos ajeno a ese movimiento continuo. Perdido entre multitud de desconocidos. Me detengo entonces a pensar en motivaciones y sensaciones que quizá compartimos todos y que, sin embargo, terminan diferenciándonos. Estoy en una gran ciudad cuya población ha crecido de manera exponencial en apenas unos años, hasta el punto de parecer estrecha para sí misma. El espacio peatonal y rodado de sus calles, naturalmente limitado y urbanizado conforme a unas dimensiones ya inamovibles, debe absorber hoy movimientos humanos intensos y constantes. Eso obliga a modificar diseños urbanos, reorganizar espacios y buscar soluciones cada vez más complejas para racionalizar la convivencia cotidiana. La masificación ...