Sí, así lo estimo. La falsedad ha llegado a convertirse en un referente expansivo de la falacia y, por extensión, a la palabrería inclusiva de última generación del consumismo y posicionamiento discutibles de la vida social y política de esta hora.
Llevamos ya unos cuantos, muchos años, que se suceden raros, donde los epítetos bulo y fango, han supuesto terminología al abasto de todo tipo de discusión donde la razón se orilla para contraponer lo obvio o, cuando menos, cuestionable.
Qué bien está que lo discutido pueda conocerse y contar con un criterio admisible, aunque no se aprecie lo mismo por la otra parte. Lo que sería impropio es usar el insulto o la negación por defecto, para justificarse.
El engaño en lo que se explica y se mantiene como cierto y seguro sin probarlo, y el vicio oculto; la excusa imposible por su incoherencia, y cualquier manifestación carente de lógica, de sentido común racional y presumiblemente deshonesta por actos conocidos, resulta repudiable.
No cabe otra cosa que, siendo obscuro de lo que se trate, pero no suponga contradicción para el honor o el daño, no pase a mayores consecuencias. Lo natural será deshacerse de esa discusión personal o causal negativa, enseguida.
Otro asunto es si la consecuencia de ese engaño, fraude comercial, negligencia apostada, compromiso o deber incumplido, genera un daño superior, en las cosas, en lo económico, en la confianza profesional aseverada y cualesquiera actuación consentida entre partes. Eso tendrá que recomponerse acudiendo a las medidas previstas para restaurar la obligada responsabilidad.
Sin embargo, me pregunto si podemos aceptar como normal que lo falso, claramente per se, o sencillamente cuestionable y luego así demostrado o venido a sinrazón legítima, sea visto como algo poco relevante, propio de una flacidez moral acomplejada, mal menor no vulnerable o picardía de espabilados.
Que esa falsedad, años ha tan denostada por la sociedad en su conjunto; el compromiso de la palabra dada, el rigor de lo bien fabricado, el respeto por esa prestigiosa marca y la vergüenza de caer en falso, eran inexpugnables, se esté convirtiendo hoy en una vulgar alocución.
Porque en estos días de mayor saber y mejor poder hacer, gracias a tanta posibilidad de conocer, somos conscientes que muchas cosas que nos rodean, son ciertamente falsas. Muchas personas que nos influyen o desmerecen, nos engañan. Bastantes conductas que nos imponen, son ilícitas.
Ese bolso tan guay, brillante y sellado con el icono dorado de esa marca prohibitiva, sabemos que es falso y parece que no nos importa presumir con él. Que esas zapatillas, también conocidas como bambas, que lucen su blanquísimo color e incluyen su campeonísimo icono de marca mundial, son falsas, pero molan mucho.
Pero no son los mismos que se venden en la Gran Vía madrileña o por el Paseo de Gracia barcelonés, en magníficos locales; no importa nada que sus vendedores sorteen la legalidad de su comercio, ni a nuestras autoridades les suponga impudor consentirlo en perjuicio del tendero legítimo.
Y citemos a las Redes Sociales que difunden videos de parlamentos y fotografías con imágenes manipuladas con descaro, de personajes públicos; creaciones audiovisuales falseadas mediante IA de simpáticos bebés parlanchines, gatitos tramposos y cuerpos juveniles estupendos. Sabemos con seguridad que trasgreden todas la verdad oculta de su existencia real.
Así mismo la intimidación comercial, aliada del anonimato que facilita el teléfono, que nos incordia con llamadas coercitivas para inquietarnos el sosiego con ofertas chapuceras tendentes a la estafa o, por lo poco, al timo doméstico que, más allá del bien de la competencia, se arrastra por el barro de lo desleal.
Desconfiemos también, de esos políticos ejercientes y sus compinches fraudulentos del apropio de cargos y sueldos, dando excusas embusteras en vez de aceptar su negativa competencia, urdiendo patrañas probadas, dando información sesgada y falaz, que hasta adulteran sus declaraciones mintiendo en las comisiones de investigación y en sus propuestas incumplidas frente a las desgracias naturales.
Y lo sabemos y callamos. Pues nada, querido lector, malavenida sea la desconfianza. Cuídese y haga uso de su duda razonable ante la mínima sospecha de falsedad.

Buenas tardes, como es habitual, artículo para hacernos reflexionar, felicidades
ResponderEliminarNo hay mejor de exponer la falsedad
EliminarGracias
Tienes toda la razón, Joaquín. Estamos inmersos, sin participar en ello, en un entorno de mentiras, verdades a medias, falsedades de todo tipo, que soportamos estoicamente a través de periódicos, televisión, radio, hasta entrometerse en nuestros domicilios a través de llamadas telefónicas.
ResponderEliminarYo creo que es el signo de nuestro tiempo, impuesto gradualmente por personas con gran poder de decisión, capaces de dominar técnicas de comunicación hasta ahora desconocidas, con el objetivo de destruir el equilibrio vigente, que desde el final de la segunda guerra mundial, imponía las reglas que equilibraban las relaciones entre países.
Tenemos la muestra en la ruptura política, a nivel local, nacional, entre estados, y hasta entre bloques de países hasta ahora asociados, que se acosan y dividen con argumentaciones impensables y graves declaraciones para imponer su fuerza.
Han cambiado los tiempos. El panorama de aperturas hacia la democracia, la libertad, las buenas relaciones comerciales entre diferentes pueblos y naciones de las cinco décadas anteriores, aunque deficiente, se han convertido en una nueva política de rearme nuclear, de trabas para la economía mundial, y en la sucesión de guerras de media intensidad y reparto de poder entre las nuevas potencias dominantes.
Ya no se trata solamente del interés en emitir bulos y mentiras a nivel personal, de partido, o de gobierno. Estamos ante un proceso de destrucción del mundo en el que hemos vivido hasta ahora.
Gracias por tu interesante artículo. Un abrazo.
Muy bueno!
ResponderEliminarQué poco nos queremos, nos valoramos y confiamos en nosotros mismos, si recurrimos a ser, hacer, decir o enseñar lo que no somos. Al final, ese hecho nos hace iguales a todos: nadie 'se deja ver'. ¿Por miedo a? Probablemente, y llegado este momento, a que nadie te entienda, te respete o, básicamente, quiera escucharte, tengas que decir lo mismo o algo diferente a lo que piense o sienta el prójimo. No ser uno mismo sea ha convertido en algo común. Si todos mentimos... ¿qué hay de verdad en el día a día, en nuestras relaciones y en todo lo demás? El mundo es mucho mejor cuando nosotros somos auténticos, genuinos y únicos; diversos, distintos y comprensivos; solidarios, sensatos y honestos; diferentes, especiales y comunes. El mundo es mucho mejor si valoramos lo que somos, sin escudarnos en ser lo que los demás quieren (aunque tampoco es cierto) que seamos.
ResponderEliminarQué poco nos queremos, nos valoramos y confiamos en nosotros mismos, si recurrimos a ser, hacer, decir o enseñar lo que no somos. Al final, ese hecho nos hace iguales a todos: nadie 'se deja ver'. ¿Por miedo a? Probablemente, y llegado este momento, a que nadie te entienda, te respete o, básicamente, quiera escucharte, tengas que decir lo mismo o algo diferente a lo que piense o sienta el prójimo. No ser uno mismo sea ha convertido en algo común. Si todos mentimos... ¿qué hay de verdad en el día a día, en nuestras relaciones y en todo lo demás? El mundo es mucho mejor cuando nosotros somos auténticos, genuinos y únicos; diversos, distintos y comprensivos; solidarios, sensatos y honestos; diferentes, especiales y comunes. El mundo es mucho mejor si valoramos lo que somos, sin escudarnos en ser lo que los demás quieren (aunque tampoco es cierto) que seamos.
ResponderEliminar(Que antes ha salido sin mi nombre, disculpas)
Fantástico Joaquín
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