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Mostrando las entradas etiquetadas como vestimenta

El resurgir del uniforme

Tenemos al uniforme como una vestimenta, un traje peculiar , dice nuestra Academia de la Lengua. Y se describe -a mi me gusta más- en Wikipedia, como un conjunto estandarizado de ropa .  Ambas fuentes, a su modo, coinciden en su uso y destino de individuos, digamos, colegiados , pertenecientes a una misma profesión o clase. El origen de los uniformes es ancestral, de tradición remota, de civilizaciones ya organizadas que precisaban hacerse distinguir en la batalla con los ejércitos enemigos. A los niños, la mayoría, de siempre, la vestimenta militar ha supuesto un atractivo especial. ¿Quién no ha tenido, o deseado tener, su pequeña colección de soldaditos de plomo? ¿Quién no ha jugado en la calle a desfilar? Las visitas al museo; las jornadas de puertas abiertas de cuarteles militares, policiales y de bomberos; la presencia en las paradas y desfiles, han sido a menudo eventos de señalada asistencia familiar, con la influencia de los vistosos e imponentes uniformes y su despliegue. ...

Sobre la identidad corporal

Con la identidad personal resuelta por los nombres propios, el ser racional necesitaba recurrir a su cuerpo, ya adecentado con cuidados y protegido de inclemencias, para marcar sus diferencias corporales respecto de los animales.   La evolución ha determinado vestirse a los humanos desde las primeras pieles de los cazadores recolectores hasta los emperifollados más actuales. Y de los hábitos y costumbres, ropas de trabajo, ocio, deporte y fiesta, o disfraces para la ocasión, hemos llegado al escaparatismo corporal. Recuerdo que ya en las primeras obras del séptimo arte solían cruzarse, tras los primeros planos urbanos, unos personajes llamados hombre-anuncio que, por algún dinero, proponían productos novedosos e incluso leer cierta prensa. Esa vieja vivencia me lleva a plantearme si, por puro mimetismo, jóvenes -y no tan jóvenes- estarán tratando de dar a conocer algo de su personalidad, vistiendo ropas “personalizadas” con leyendas jocosas, culturales y hasta publicitarias. ¿Y a s...

Sombreros en verano y también después

Me encanta pararme delante del escaparate de las buenas sombrererías. Enseguida, los ejemplares elegantemente expuestos me trasladan al recuerdo de un viaje, a la lectura de un libro, al sabor de un evento o al aprecio de aquella persona conocida que lo portaba.           Me identifico rápidamente con el señorío de su prestancia y el encaje perfecto con el personaje y su entorno, época y ocasión. Así que me produce un cierto recreo emocional. Mi propósito aquí no consiste en describir al sombrero sino en dedicarle unos párrafos al interés, provecho y conveniencia de su uso y al apoyo a quiénes gustándole, por ser cohibidos o timoratos, dudan del parabién de los demás y optan por no ponerse un sombrero. Un día, estaba esperando entrar en un comercio y   se puso detrás de mi una señora no tan joven. Yo iba cubierto -como acostumbro- y la amable señora, previa disculpa por hacerlo, me dijo “Está Ud. guapo con ese sombrero, le sienta estupendamente”. Seguro que...