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El resurgir del uniforme


Tenemos al uniforme como una vestimenta, un traje peculiar, dice nuestra Academia de la Lengua. Y se describe -a mi me gusta más- en Wikipedia, como un conjunto estandarizado de ropa


Ambas fuentes, a su modo, coinciden en su uso y destino de individuos, digamos, colegiados, pertenecientes a una misma profesión o clase.


El origen de los uniformes es ancestral, de tradición remota, de civilizaciones ya organizadas que precisaban hacerse distinguir en la batalla con los ejércitos enemigos.


A los niños, la mayoría, de siempre, la vestimenta militar ha supuesto un atractivo especial. ¿Quién no ha tenido, o deseado tener, su pequeña colección de soldaditos de plomo? ¿Quién no ha jugado en la calle a desfilar?


Las visitas al museo; las jornadas de puertas abiertas de cuarteles militares, policiales y de bomberos; la presencia en las paradas y desfiles, han sido a menudo eventos de señalada asistencia familiar, con la influencia de los vistosos e imponentes uniformes y su despliegue.


Uniforme significa igual, idéntico, parejo, respecto de algo, cosa o condición. Más allá de los uniformes de armas y cuerpos de seguridad de todo tipo, cabe considerar que, en la edad moderna, se ha dado el dotar de uniformes a las personas que sirven a profesiones muy diversas.


Médicos y sanitarios -con sus batas blancas- carteros, serenos, sirvientes y camareros, taxistas y repartidores, botones y ordenanzas, conserjes y bedeles, tranviarios y conductores de transporte público y privado, con o sin gorra los más, ahora, han sido puestos de trabajo identificados gracias a su uniforme. 


Otro grupo de actividades que están relacionadas con el uso de esa prenda, son las religiosas. La sotana y el clériman para sacerdotes, los hábitos para los frailes y monjas. Así mismo, también letrados y jueces, con su reconocida toga, no dejan duda de su representativa labor.


Las féminas azafatas, con su atuendo característico de sus responsables tareas, en transporte aéreo, asistencia en congresos, presencia de apoyo en ferias y espectáculos, ofreciendo con su imagen uniformada y situación estratégica, una referencia muy útil.


Las niñas y niños, con su atavío escolar, dan fe de la importancia de la etapa infantil de la vida destinada fundamentalmente a la formación básica y alegran la vista aprobatoria de paseantes.


Pero algunos de todos estos uniformes, en las últimas décadas han ido perdiendo su honroso aprecio, en aras de un supuesto progreso en favorecer el aspecto de la condición humana, por delante, de su dedicación laboral y creerse su estima como inferioridad social.


Incluso, algunos osan calificar negativamente a grupos humanos que lucen determinados uniformes, por desacuerdo con su deber profesional, confundiendo lo representativo con el disparate o contravención de sus ideas y propósitos, despreciando el orden social, la libertad individual y el respeto a su profesión.


Y, curiosamente, al mismo tiempo, se ha impuesto un sucedáneo universal para vestirse “uniformados” con los muy populares “jeans”, vaquero o blue jean, a modo de uniforme “de paisano”, al que toda edad se ha entregado.


Sin embargo, el uniforme repunta, asciende y se está imponiendo, a modo de un nuevo enfoque de su utilidad. Y hasta, oiga Ud., se presume. Se ha producido la metamorfosis del traje distintivo, del uniforme. 


Cada día más es perceptible el amplio discurrir callejero de personas uniformadas, de hombres y mujeres “anuncio”. Sí, con publicidad, aunque positiva la mar de veces.


Porque empresas y servicios de todo tipo han llegado a la conclusión que, vistiendo a sus empleados con símbolos, iconos, nombres y funciones laborales, generalmente a su espalda, supone publicidad, prestigio, imagen corporativa y hasta hace reproducir la autoestima de sus trabajadores por ello.


No voy a olvidarme de otros uniformes populares, llamativos y muy en boga,  cuya efervescencia anímica general bien valdría extrapolar hacia el afecto a virtudes personales y comportamientos sociales, ahora a precario. Seguro que lo ha adivinado, querido lector, si no, se lo escribo: la equipación deportiva, en concreto.




Comentarios

  1. Curioso ensayo. No sé si en el finde de nosotros no subsistirán ciertos sentimientos tribales, que nos hacen tratar de diferenciarnos de los "otros".
    Un abrazo Joaquín.


    Carlos Y R

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    Respuestas
    1. Nada Joaquin, no te has dejado ninguno, estás en todo y todo lo describes con exactitud. Hasta el próximo.
      Un abrazo

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  2. Como siempre extraordinario.

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    Respuestas
    1. Hola Joaquín, el tema que desarrollas en tu comentario, no deja dudas, tanto por su aceptación popular en general, como porqué a lo largo de la vida, probablemente todos nos hemos visto arropados por una prenda de este estilo.
      Ahora bien, como ya adviertes, no es lo mismo el uniforme de servicio de la Cruz Roja, pongo por ejemplo, que el de las Brigadas de la Moral en Irán, igual que otros muchos uniformados que utilizan su vestimenta para amedrentar la población.
      De todas maneras, el comportamiento de la humanidad es gregario, y no hay duda de que alguna vez en la vida, hemos sucumbido a la tentación de participar en este juego, en el que interviene el deseo de pertenencia y la vanidad.
      Abrazos y hasta tu próximo artículo.

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  3. Todo vuelve. Todos queremos lo mismo: ser diferentes... para acabar siendo iguales. Destacar pero formar parte de un todo. Los uniformes no sólo son vestimenta y de eso, poco nos damos cuenta. Como todo en la vida, en su justa medida. Uniformes para lo bueno (igualdad, equidad, imagen,...). Lo malo es que a veces, por ''llevar un uniforme" te 'catalogan' o etiquetan como 'de la misma guisa', cuando la diferencia está en el humano, no en su hábito... únicamente. A mí me gustan los uniformes, bien entendidos... como todas las cosas en esta vida.

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  4. Está claro que la finalidad del uniforme es la de uniformar, o la de igualarnos, al menos en la forma.
    En ciertos corporativismos , está más que justificado su uso como medida identitária.
    Personalmente, los casi diez años que lo usé acabé un poco harta, la verdad.
    Admito su comodidad,funcionalidad y economía para las familias.
    La libertad en el vestir, creo que debería pasar por el cuidado y respeto de las formas.
    Aspecto bastante descuidado en algunos ambientes y edades.
    Todo es educable y este aspecto también.
    “El hábito no hace al monje”, como dice el refranero , pero ,yo añadiría , que ayuda y nos presenta.
    Montse Casas

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