Con la identidad personal resuelta por los nombres propios, el ser racional necesitaba recurrir a su cuerpo, ya adecentado con cuidados y protegido de inclemencias, para marcar sus diferencias corporales respecto de los animales.
La evolución ha determinado vestirse a los humanos desde las primeras pieles de los cazadores recolectores hasta los emperifollados más actuales. Y de los hábitos y costumbres, ropas de trabajo, ocio, deporte y fiesta, o disfraces para la ocasión, hemos llegado al escaparatismo corporal.
Recuerdo que ya en las primeras obras del séptimo arte solían cruzarse, tras los primeros planos urbanos, unos personajes llamados hombre-anuncio que, por algún dinero, proponían productos novedosos e incluso leer cierta prensa.
Esa vieja vivencia me lleva a plantearme si, por puro mimetismo, jóvenes -y no tan jóvenes- estarán tratando de dar a conocer algo de su personalidad, vistiendo ropas “personalizadas” con leyendas jocosas, culturales y hasta publicitarias.
¿Y a santo de qué tanta camiseta con grandes muestras de iconografía marquista? ¿Son más baratas, les pagan por lucirlas, forman colectivos guay? O quizás sólo sea una manera de presumir de desencanto por las prendas de diseño poco conocido.
La vestimenta ha sido en toda época el celofán del cuerpo; una “transparencia” de su condición. Es aquello del hábito no hace al monje pero sí lo distingue.
Nos cubrimos para protegernos de las inclemencias y por presumir de nuestro cuerpo al tiempo que manifestamos ser seres distintos -¿superiores?- al resto de los animales.
Significativamente, en estos últimos tiempos está dándose una fuerte expansión de los tatuajes sobre la piel humana. Es como sí el deseo fuese jugar a la confusión con nuestro cuerpo natural, se le disfraza, se le adorna y hasta se le enmascara, más allá de lo que pudiera ser un elegante o penitente motivo de veneración.
El tatuaje, lejos de la otrora mensajería de la condición o comportamiento de algunos pocos, también aporta hoy un cierto brindis al personalismo deseable, a transmitir un yo me siento así.
Por demás, el acortamiento o reducción del ropaje de una determinada parte de la población actual, viene a favorecer la proclama de una nueva identidad corporal, cuando la comodidad y el atractivo personal no consiente limitaciones sociales anteriores.
Recientemente, el feminismo más decidido -¿progresista?- dice reivindicar que las mujeres puedan llevar, cuando gusten, sus mamas al descubierto tal como lo hacen los hombres, sin que ello deba suponer distorsión alguna del vecindario.
De lograr que se decidan muchas féminas, podrían darse como lugar de su estreno las tribunas de algún estadio deportivo durante un evento futbolístico -dónde se ha vuelto costumbre se despechuguen los chicos- ahora que los hay de ambos sexos y abundan las espectadoras.
Vístase como quiera; es de lo más libre. Presuma de ser como es; lo justifica su existencia. No se olvide de las inclemencias; no se desvista mucho, su piel es el órgano más grande de su cuerpo. Disfrute de las modas; pero no caiga en la banalidad de quitarse la corbata -si le place- a cuenta de otros oportunistas.
Francamente original y muy divertido. Felicidades Joaquín
ResponderEliminarComo siempre excelente.Felicidades
ResponderEliminarJoaquín como siempre tu escrito tan acertado.abrazosPaquita
ResponderEliminarTema muy acertado y de plena actualidad.Cabría mencionar esta nueva “profesión” o entretenimiento de influencer ,como el súmmum del exhibicionismo y escaparatismo personal .
ResponderEliminarTodo un fenómeno social.
Montse Casas
Seguro que existen modas difíciles de entender, como por ejemplo, lucir la marca de la ropa que vestimos bien visible para terceras personas; recortar las perneras de los pantalones hasta hacerlas desaparecer; cubrirse el cuerpo de tatuajes; eliminar el uso de la corbata, hasta considerarla el símbolo del capitalismo; y otras muchas más.
ResponderEliminarPero me pregunto si no seré yo quien ya me esté quedando fuera de este circuito y me cueste interpretar el verdadero sentido de toda esta corriente.
Abrazos Joaquín.
Seguir 'la moda' o estar 'por encima de ella' (pasar y vestir 'contracorriente'), cada uno es libre de escoger su opción, siempre y cuando esta no se vea condicionada por 'el resto'. Yo me he puesto pajarita para presentar un acto; he llevado vestido en una boda; tacones en una cena; y bambas un sábado para pasear. Y lo he hecho, en cada ocasión, porque yo para conmigo misma, lo he valorado así. A veces, vas con todos; otras, vas sola. Pero lo importante siempre es ir. La moda la marca lo bien que te sientes cuando vistes.
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