Andamos a vueltas con personas y cosas, asuntos y negocios, que nos salen mal. Es demasiado normal la repetición de resultados frustrantes. Muchas veces sentimos desamparo en la búsqueda de remedios. Topamos con frecuencia con muros humanos reglamentistas y, en ocasiones, despreciativos.
No trato de desconocer lo contrario -lo positivo- lo bien hecho. Lo que normalmente debería ser. Y acepto que algunas veces salgamos satisfechos de un “enroque”. De donde parto es del hacer bien las cosas como norma, como objetivo predominante del quehacer.
De siempre he considerado que sólo existe un modo de acertar haciendo algo -casi todo- si nos empeñamos en no fallar. También estimo el error inevitable, que los hay, si bien con la debida previsión pueden acotarse. Y si fallamos, sirven para aprender y no repetirlos.
Pero ocurre que se dan situaciones donde se ha errado, se ha confiado sin mesura, nos han confundido o, sencillamente, engañado.
Otras, los controles de seguridad, de calidad o de eficacia, no han operado debidamente y la cosa -el servicio- no funciona, se ha roto o, simplemente, no sirve para lo que queríamos. Además, lo peor: reclamamos y no nos hacen caso.
Porque si el resultado de algo no satisface a quien va destinado y nos lo recriminan, justo es que lo reconozcamos y lo solucionemos dando la respuesta favorable al fin de ese negocio de mal comienzo.
Pero no. Cuántas veces oímos lamentarse a personas conocidas que han sido objeto de un presunto engaño adquiriendo un producto que después ha resultado inservible. O les ha llegado incompleto. Incluso diferente al solicitado.
O que han sufrido la intemerata buscando caminos para poder reclamar se rehaga aquél servicio mal prestado. O les han fallado no dándoles salida al problema ocasionado ajeno a su voluntad: ese viaje suspendido, esa avería no atendida, esa póliza inútil.
Y que esas circunstancias produzcan tamaño malestar con reacciones furibundas, altas palabras y espasmos de coraje. Es decir, situaciones indeseadas que ocasionan desprecio personal, son impropias para la concordia social y de posible daño para la salud.
Pues si inevitable es ofuscarse en primera instancia, sentirse airado, exclamarse y tener aversión hacia alguien por lo ocurrido, será preciso también recurrir a la cordura y templanza convenientes cuanto antes y sobre todo no alterarse; templar gaitas.
A continuación habrá que poner empeño en buscar el remedio. Primero asumiendo que el asunto requiere necesariamente reparación, que no se debe dejar de lado, que debe reclamarse siempre; segundo, acudirse al origen del desaguisado y recorrer los circuitos debidamente establecidos, hasta obtener la necesaria satisfacción.
Eso sí, también hay que aprender del propio fallo, tan a menudo habido. Porque es obligado leerse los contratos, seguir las instrucciones del fabricante, conocer nuestras compatibilidades, preguntar antes de decidir, consultar con entendidos, no encapricharse sin más. Ser diligente con el gusto o el interés. Y es que, también, algunas veces la culpa no es de los demás.
Creo que no hay que dejar de decir las cosas, pero ni las buenas, ni las malas. Pero siempre desde la reflexión previa, sopesando todos los condicionantes, aunque no por ello justificando los 'resultados,, en especial si hay cuestiones de actitud por enmedio.
ResponderEliminarMás, también está claro que la única manera de hacerlo, siempre, es desde el respeto. La firmeza. La convicción. Pero sin 'la falta'. A menudo ésta nos llevaría dónde no quisiéramos acabar.
Perfecta la exposición, como bien dice nuestro refranero:"lo cortés, no quita lo valiente". No debemos renunciar a exigir aquello que nos corresponde, pero con la debida educación y mesura.
ResponderEliminarFelicidades Joaquín
Cierto que ya distingues entre las dos posibilidades, al encontrarte con un problema mal solucionado: que sea por culpa propia, por no haberse estudiado convenientemente las instrucciones de un producto adquirido o no haber prestado suficiente atención a los términos de un contrato; o por engaño del suministrador de este producto al ser de mala calidad o existir por su parte una voluntad de fraude.
ResponderEliminarEn el primer caso, no nos queda más remedio que aceptar nuestro error y tenerlo en cuenta en el futuro, resolviendo su arreglo con nuestros propios medios.
En el segundo caso, tenemos todo el derecho de reclamar y hacer valer nuestra razón ante el culpable del desacierto, por todos los medios a nuestro alcance, con una escala de personas o entidades a las que recurrir, de acuerdo con la importancia el asunto. Eso sí, sin alterar nuestra salud ni la presión arterial.
Las imperfecciones que se perciben en muchos de los trabajos efectuados por terceros a nuestro encargo, son cada vez más numerosos; sobre todo los relativos a reparaciones y reformas en la vivienda. Yo lo atribuyo a la carencia de formación profesional del personal que lo ejecuta. Es lo que creo.
Nueva semana de savia reflexión,felicidades
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