De mucho tiempo y lugar siempre se ha corregido a los niños que si decían mentiras se sabría seguro, porque les crecería la nariz. Conocida la vulneración de la verdad, si había razón severa, era costumbre acompañar la réplica con la advertencia de confesión sacerdotal y, si procedía anticipo de penitencia, aplicar un castigo de privación de cosa muy deseada.
En las excursiones y sus cánticos infantiles, entonces y más tarde también, nunca ha faltado el popular “Vamos a contar mentiras”, aquel de …por el monte la sardina, tralará, tralará… como desahogo y chufla al requiebro de mentir.
Las mentirijillas y pequeñas trastadas podían considerarse de menor enfado y se solían responder con consejos de sus mayores venidos a ese cuento, aprovechando así abundar en la instrucción racional del menor.
Pinocho, ese muñeco conocido como el icono de la mentira por excelencia, tiene presencia doméstica y es recurso gráfico habitual en todo el mundo. Públicamente, añadiendo largura al apéndice nasal del personaje humano a criticar, supone significar cuál es el cariz de la conducta que se le está enjuiciando.
La mentira tiene muy variado recurso en nuestro sabio refranero, tanto por activa como por pasiva afectación; a buen seguro, estimado lector, ahora mismo se le está ocurriendo alguno. Y su denominador común no es otro que el rechazo irónico a sus práctica o la crítica debida al infractor.
El engaño, engañar o ser engañado, llevan implícito la mentira. Esa fusión es maliciosa siempre. Tiene resultados falsos, comprometedores e injustos moralmente. No caben las excusas ni tampoco determinadas bromas con presencia de la astucia. No hay -no se crea Ud.- las mentiras piadosas. Un chiste entre mentirosos puede resultar gracioso; si no conlleva rebufo de daño.
La mentira es propia de la especie humana. Su existencia inunda y afea nuestra historia. La ley de Dios la incluye como su octavo Mandamiento y la ley natural la recoge sin ambages. También es decidida protagonista de su relato, por la redacción muchas veces interesada de los historiadores.
La verdad, la confianza, la seguridad, el honor, el deber, estos y más atributos del comportamiento honesto de los humanos, tienen a la mentira como peligroso enemigo de conveniencia, que puede traicionar sus interrelaciones familiares, comerciales y sociales.
En este sentido, la palabra dada de compromiso de obligación personal o negocio comercial, ha sido tradicionalmente sellada con un apretón de manos. Y al afecto amistoso sincero, en el encuentro y en la convivencia, un apretado abrazo le basta. Pero ¿cuántas de estas manifestaciones son, con demasiada frecuencia, vulneradas por la hipocresía del interés individual o partidista?
Llamo, pues, mentira, incluso falsedad (falta de verdad, autenticidad, conformidad entre las palabras, las ideas y las cosas, dice el DRAE) a toda manifestación humana que muestra la distinción entre lo cierto y lo falso; entre el deseo sincero y la voluntad empañada con el fingimiento. El sujeto mendaz debiera ser candidato al ostracismo social y, por tanto, excluido de su consideración colectiva.
Pues bien, hete aquí que, al parecer, la tendencia actual respecto de estas mis consideraciones tiende a su flaqueo, amenazando su ruina verbal. Sí, la mentira pierde entidad. Es como si conviniera “darle la vuelta”.
O sea, que no importe mentir, que no pasa nada si alguien nos engaña. Que, total, nadie tenga que molestarse si le toman el pelo desconsideradamente, que hoy por ti y mañana por mi. ¡Por favor!
Tal insensatez se la debemos principalmente a los políticos. Reflejo suyo es la frase ínclita de Nicolás Maquiavelo: La política es el arte de engañar. A ella se apuntan nuestros propios gobernantes y otros muchos del mundo.
La clase política actúa de correa de transmisión, de tal forma que grandes compañías de servicios, entidades financieras y de seguros, grandes almacenes, sociedades tecnológicas e industriales, de comunicación y ocio, y los editoriales e informativos varios, todo ese arco de influencias que disponemos y sufrimos actualmente, se contaminan de esa tendencia.
Por ello, uno percibe la sensación de estar dentro de una gran bolsa ponzoñosa, admitiendo subterfugios, engañifas, desprecios, confusión, que merodean por las relaciones interpersonales comunitarias de la vida presente.
Sin duda hay excepciones que muestran evidencia de actuar con la verdad. Lo hacen de forma meritoria y decidida y en algunos casos sacrificada. Y existen esas posiciones en la política -a veces mancilladas por sus propios correligionarios- y también en el escenario empresarial, de corte positivo, sinceras, con ganas de ayudar y ser solidarias.
Pero como la gente en general es buena, entre aquellos espabilados, incluido algún infame, se está propiciando un aprovechamiento descarado de las conveniencias partidistas al ver en los colectivos humanos de actitud prudente y seria, campo abonado para actuar en su favor desde el desaprecio.
He leído y oído recientemente en diferentes medios, como los voceadores y plumillas de lo político, lo económico, lo artístico y deportivo, de lo social en suma, se recrean quitando valor e importancia a mentir.
Decir que la mentira encierra verdades podría asumirse serlo cuando define al mentiroso. Dar a entender que repetir mentiras crea verdades, es, poco menos, “delito” humanístico. Positivar una mentira es pretender se comulgue con ruedas de molino.
Y eso es lo que nos está pasando. Empieza como un deporte verbal en plan gracieta, sigue como una explicación confortadora venial para justificar un desencuentro, continúa para tratar de cubrir un patinazo y acaba por estafar a la verdad que duele. Nos maltratan, nos endurecen en la fiabilidad que se precisa para convivir en paz y prosperidad.
Me resisto a ese nuevo ataque a la cultura de los valores de convivencia, ese destrozo de la sinceridad, respeto y estima de las relaciones humanas. Apuesto por una proclama de su defensa y propongo no colaborar con tamañas dolientes pretensiones.
Eso sí, demos, no obstante, un voto de confianza a que ese nuevo principio de “la mentira no importa” presente fisuras blancas que bien podrán desteñir la negrura de su impronta presente. De momento repongamos al bueno de Pinocho en el lugar de referencia permanente que le corresponde en ayuda de nuestros infantes.
¡Gran artículo yayete! Sobretodo lleno de verdades.
ResponderEliminarLa mentira nunca es una salida,felicidades por artículo
ResponderEliminarMentir es todo un arte, y un artista quién lo hace, pues una mentira suele llevar a otra y acordarse de toda la cadena ¡es complicado!
ResponderEliminarSalvo aquellas conocidas (y 'bien usadas') como mentiras piadosas, las mentiras siempre tienen un mal desenlace.
Para mí la cuestión no es 'mentir' sino afrontar cómo gestionar la verdad (bien sea la que has de decir, bien sea la que te toca escuchar).
Como en casi todo, se trata de entereza y valores; el miedo (a la verdad) ha de quedarse a un lado, pues todos somos conscientes de que en la vida se cometen errores. Todos somos humanos. Hay que afrontar la verdad como la muerte: forma parte de la vida. Y la mentira (en el primer caso) y la negación (en el segundo) sólo causan sufrimiento y desengaño.
Todos hemos mentido alguna vez, y debemos seguir aprendiendo a gestionar las verdades para estar en paz y ser más honestos con el prójimo y con nosotros mismos.
Creo que el problema es que mentir sale gratis, o sea no tiene consecuencia, como sociedad se asume la mentira como normal y útil y por tanto habitual.
ResponderEliminarLa mentira importa y mucho, es el cáncer de la sociedad actual, y las redes sociales amplifican sus desastrosos resultados. O encontramos pronto un vacuna contra esta ola de mentiras o terminará por arrasar esta sociedad.
ResponderEliminarQuien miente está escondiendo una verdad, generalmente, en propio provecho. Ahora bien, todos lo hemos hecho en alguna ocasión, ya sea para rebajar la gravedad de un diagnóstico médico en un allegado; para mitigar el castigo moral a un tercero; o para proteger la intimidad personal o familiar ante la intrusión inquisidora de terceros.
ResponderEliminarSin embargo, las mentiras lanzadas por políticos, tan habituales en la actualidad y tan extendidas entre todos los gobiernos del mundo. deberían ponernos en guardia por el peligro de desestabilización que generan y la importancia de posibles enfrentamientos entre su propia población y entre diferentes naciones.
Ciertamente, en general, se ha perdido el sentido de responsabilidad en la palabra, mediante una laxitud admitida por el entorno, que considera habitual el ser alimentado con noticias, opiniones y relatos falsos, por el solo hecho de que sean expuestos por la radio o la TV. Es penoso.
Cuando una sociedad, como está ocurriendo ahora con la nuestra, acepta de forma insensible que la mentira es una forma de hacer, de ir, de comportarse por la vida, pone de manifiesto que moral y éticamente está en franco declive.
ResponderEliminarMentir es un hábito que a veces se camufla con eufemismos o con el silencio. Se miente de muchas formas: Afirmando lo que no es, disfrazando la verdad, ocultando la verdad o actuando a escondidas.
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