Ir al contenido principal

Entradas

Por unas dosis de templanza

De vez en cuando, sobre todo cuando soy testigo de una escena o evento donde la compostura cívica está alterada, me viene a la memoria el recurso fácil de la cultura cristiana respecto de las virtudes.   Todas, cardinales , ya enunciadas por Platón y posteriormente adoptadas por el cristianismo y otras religiones, cuando de tratar sobre la moral se ocupan, y teologales , esa medicina espiritual para el alivio de la vida terrenal con sus contrariedades, merecen tenerse muy en consideración.   Y de esas otras siete más, las capitales, cuya práctica presupone corregir a sus homónimos “pecados”, que tanto envilecen las conductas desordenadas de los hombres.   De esas catorce maravillas disponibles para un ejercicio moral deseable -y hay algunas más- debiéramos todos, creyentes religiosos o respetables agnósticos, gente de bien o arrepentidos de actos impropios, sentirnos obligarnos a ejercitarlas.   Fue a principios de este verano, durante un encuentro de nuestro primer ...

Acerca del sentido del ridículo

Estoy viajando en un avión. Va lleno, 186 pasajeros. Variopinto grupo que, significativamente, mantiene un comportamiento colectivo muy de agradecer, de verdad, poco corriente.   Observando esa estupenda actitud, decido escribir y contar algo que se pueda desprender de ese ambiente y me ayude a describir un carácter o una condición que pueda corresponder a mucha gente.   Algo que, sin molestar, seamos o hagamos o, todo lo contrario, todos los humanos alguna vez, o más, y en diferentes situaciones.   Y se me ocurre hacerlo sobre el simpaticón sentido del ridículo.   La primera cuestión es diferenciar entre ser ridículo y tener sentido del ridículo. Porque alguien puede resultarnos ridículo y nosotros sentirnos de algo parecido, y que al otro no le afecte ni fu ni fa.   Trato de aclararme. Hay personas que, en su imagen y manifestación externas, prescinden de la impresión que puedan merecer al resto y deciden hacer o mostrarse a su gusto y manera, sin importarles ...

Plumitas

Plumitas Ayer murió mi pájaro. Periquito azul de 5 años. Juguetón y con carácter. Tastador de menús caseros. Crítico ruidoso ante la tele y fervoroso amigo del móvil. Nos conocía a todos de casa y creo que nos entendía. Sin ser manso, accedía a nuestros mimos y encajaba bien mis regañinas.   Fue un regalo de mis nietos para asociarse a mi viejo afecto por esos pájaros. Deriva de mi infancia, cuando tuve una bonita Pitita verde, que emparejé con un bonito macho azul y criaron descendencia que repartí entre amigos. A Plumitas le gustaba casi más estar fuera de su jaula que en su interior. Se acostumbró pronto a salir, merodear por la cocina y entrar a su refugio -nunca encierro- por cualquiera de sus dos puertas. Su casa, donde, además de sentirse seguro, se convertía a menudo en un jolgorio juguetón, tanto dentro como en su terraza exterior. Y nos divertía a nosotros. Sí, tenía sus juguetillos colgantes, sus amiguetes pacíficos y muy parados. Y picoteaba con fruición a un par de per...

En busca de la ilusión

A menudo, me planteo si referirnos a temas y acontecimientos que mayoritariamente son considerados poco favorables y hasta negativos para el común de los humanos, es consecuente y ayuda a la sensibilidad social, o no. El deseo y la suerte de cada cual están para presumir lo ideal de cada uno, y tentarlo cabe en cualquier apuesta que queramos hacernos respecto de conseguir algo. La suma de propósitos positivos de una colectividad requiere la comunión de su apetencia con la disposición a obtenerlo. Tal compromiso, no siempre ve la luz, sin embargo, cuando ocurre, significa un hito memorable realizado. He escrito alguna vez que las buenas noticias son escasas de aparecer y, contrariamente, parece que nos tengamos que desayunar con los acontecimientos perniciosos.   Como si necesitásemos que nuestro ánimo requiera una infusión suave de cicuta para estar al día de lo que pasa, aunque al mismo tiempo suframos moralmente con sus consecuencias. Ciertamente que las normas de vivir que nos h...

El tiempo, ese plural compañero

El tiempo tiene pasado. ¡Qué tiempos aquellos! nos decimos entre amigos y parientes cuando recordamos hechos, personas, vivencias de otros momentos bastante alejados de ahora mismo. El tiempo tiene presente. El: ¿Cuánto tiempo necesitas para preparar la comida? Los invitados están a punto de llegar y se hace tarde. Ella: La hago enseguida, si no me hubieses entretenido con tus peroratas…. El tiempo tiene futuro. Ellos: “Confiemos cambie el tiempo, pues en otro caso nuestro viaje puede sernos baldío”   El tiempo que nos falta nos sirve de pobre pena para excusarnos, porque pretendemos justificar lo que no somos capaces de administrar con una práctica reflexiva en la priorización de nuestros actos debidos. Es importante ese tiempo que nos damos , o sea, que nos reservamos especialmente, porque de su transcurso, lo que ocurra en nuestra vida mientras llega ese momento que “tiene que venir”, dependa algo importante para el futuro. La historia, aquel tiempo de los otros que se nos a...

El valor de la añoranza

Iban en avión, viajando a otra capital de provincia, de escapada, como se dice ahora cuando huyes de tu ciudad para “cambiar de aires” un fin de semana y saborear otras vivencias. La conversación asomó pronto y cursi, como de costumbre, apenas el cruce y manido saludo ¿educado? de contacto, más preventivo que protocolario, para detectar sintonías de una posible entretenible charla.   La fila de tres butacas, ocupadas y así todas las del resto del pasaje. Los ocupantes, más que jóvenes, pero no mayores; quizás una chica menos avanzada y de reciente estreno laboral en otra Comunidad. Los otros dos viajeros, hombre y mujer, ya maduros. La coincidencia, que ninguno de los tres, residentes en el lugar del embarque, era natural de allí sino originarios de tres puntos distintos y alejados entre sí y de distancias no equidistantes. Y la curiosidad, todos podían necesitar de esa ocasión no preparada para desahogar un sentimiento, coloquiar sobre la actualidad de un evento de inquietud socia...

De pura nata y blanco azúcar

          En mis veranos infantiles de golosas meriendas, mi abuela Jacinta solía preparar sobre una cumplida rebanada de pan amasado en casa, una densa capa de nata obtenida del relajo de la leche -pura- de vaca, que ella misma ordeñaba en la cuadra de su casa. El espolvoreo del azúcar -quizás de la remolacha cultivada cerca- abrillantaba el tenue amarillo de aquella bendición de alimento. De tanto en tanto, cada vez más a menudo, se me despiertan   añoranzas, al modo de un resorte parachoques, frente a alguna información presente que me rasga el ánimo. Y con ello, me surge un tipo de título que me resulta fácil asociar a una reflexión de las que gusto en escribir. En esta ocasión será sobre “la puridad”. Por eso, ante tanto despropósito de los quehaceres humanos de nuestros días, que empañan la bondad de tantas otras cosas y acciones que enorgullecen a quienes están por las conductas ordenadas y las misiones realistas, prudentes y bien hechas, ...