Ir al contenido principal

De tacos y palabrotas


Quien más y quien menos, algunas veces, suelta un taco. Siempre ha ocurrido y seguirá pasando. Hay ocasiones en que, ante un acontecimiento no esperado, habitualmente ingrato, nos molestamos y recurrimos al desahogo de una palabrota.


Muy pocas personas podrán decir lo contrario. No porque no las haya, que puede ser, pero el común de los mortales sentimos la necesidad de una expansión verbal para acoger un disgusto.


Ocurre, asimismo, cuando nos sorprende algo positivo que, por esa razón, nos alegra sobremanera, y se nos escapa -o decimos aposta- un vocablo malsonante.


Son reacciones plenamente humanas, propias de gente normal, de indistinta formación, ocupación o posición social. Su espontánea alocución, esporádica y coloquial, aún sorprendiendo si no se  tiene relación personal, no molesta comúnmente.


Otro juicio merece quien habla “mal” por vicio y lo practica de forma constante; o sea, sus conversaciones están llenas de esas palabras que resultan innecesarias para conformar el mensaje, o pueden ser obviadas, en lugar de expresiones más “académicas”. 


También dentro de determinadas jergas se considera normal usar términos considerados fuertes para la comunidad en general y que supondría un insulto -a veces muy grave- y sin embargo se tornan en halago hacia su protagonista. Y ahorro el ejemplo por debido miramiento.


Por soeces estimo a las blasfemias que, más en un tiempo pasado, se exclaman de modo irreverente contra personas o instituciones para mostrar contrariedad ante un fatal estado o resultado.


El lenguaje grosero se ha considerado siempre una mala nota para quien gusta de usarlo y lleva a considerar asocial al intérprete, habida cuenta que a la mayoría de la gente, que tiene por principio conducirse con educación, le molesta y se aleja del sujeto, incluso, si puede, se lo recrimina.


Pero debo centrarme en el “nuevo tiempo” y expresarme doliente con la escucha, ya demasiado corriente, de vocablos antes tenidos por malsonantes y que se están convirtiendo ahora en palabras frecuentes de las conversaciones sociales más normales, en privado y en público.


Expresamente me llama la atención la facilidad con que bastantes chicas, como vienen haciendo los chicos desde hace mucho, se han apuntado a estropear su atildada voz con la misma práctica. Me pregunto si aspirar a la igualdad, tan de actualidad, venturosamente, implica ese coste injustificado. 


Luego están algunos platós de reality shows, los espectáculos de masas y las manifestaciones callejeras de todo tipo, donde los improperios a contrarios, intérpretes y deportistas, son diálogo (¿?) maldiciente siempre presente.


Mención especial merecen las pláticas de actores y actrices en tantos guiones de películas y series actuales, en diálogo directo o su doblaje. Parece que sea necesario soltar feas palabras y repartir descaros entre protagonistas para llegar mejor al espectador.



Con esos ejemplos, unido a esa permisividad de buenismo ya inmerso entre nosotros, en el que todo vale ¿cómo va a importar hablar feo? ¿Para qué leer libros y aprender palabras que amplíen y mejoren el lenguaje de todos? 


Entonces ¿debe corregirse usar palabrotas? Claro. Esa limpieza “de boca” hay que cepillarla en el hogar y borrarla en la clase, pues nada mejor que hacerlo bebiendo limpia sabia de fuentes educadoras. 


(Sugiero visionar este video)

https://youtu.be/zubktpzUdsE




Comentarios

  1. Felicidades,50 ya y todos de alta calidad,un placer leerte.

    ResponderEliminar
  2. Vocablos malsonantes, palabrotas, insultos,... cierto: todo el mundo los hemos usado en ocasiones y ¡qué mal sabe! Sobre todo porque está comprobado que puede hablarse sin necesidad de usarlos. Así que, dejo aquí un mensaje de ánimo, coraje y entusiasmo, para mantener cualquier diálogo o conversación, de mayor o menor nerviosismo o intensidad, sin utilizar dichos tacos. ¡Querer es poder! Gracias por ayudarnos a pensar en ello. La vida es más dulce sin palabrotas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. por suerte, siempre nos quedará el Capitán Haddock (Tintín)...

      "¡Pirata, anacoluto, ectoplasma!" "¡Especie de cretino!" "¡Mil millares de mil millones de rayos y truenos!" "¡Rocambole, cianuro, gargarismo, antropopiteco, bandido!" ...

      Eliminar
  3. Palabras malsonantes, , irreverencias, , insultos, etc., siempre han existido, aunque en tiempos pasados eran más habituales entre personas de baja formación intelectual. Ahora bien, ya a partir de épocas más recientes, se ha impuesto la inclusión de un lenguaje más obsceno y provocativo entre las conversaciones, tanto a nivel particular, como en los medios informativos o culturales, en películas, series, teatro, televisión, etc.; supongo que en aras de una campechanía, familiaridad, o nivelación a la baja para hacernos más "auténticos".
    Encontramos estas señales hasta en nuestro Parlamento y se nos cae la cara de vergüenza si comparamos cómo se ha pervertido el vocabulario, sólo en el tiempo transcurrido entre el principio de nuestra democracia y la actualidad.
    Para paliar este proceso, primero hay que buscar la mejora de nuestro sistema educativo, la concienciación cívica, y demostrar que el lenguaje procaz no conduce a mejorar nuestra relación social.

    ResponderEliminar
  4. Opto por no escuchar ni un solo “taco” a lo largo del día.
    Cierto es, que una palabrota dicha de la manera y forma adecuadas denotan una cierta importancia, sobretodo si quien la expresa no las suele utilizar.
    Pueden expresar un gran enfado, decepción, sorpresa ó incluso alegría; pero nunca para faltar el respeto.
    Qué bien nos hace leer artículos como los de Joaquin, para nutrirnos de palabras, vocablos y expresiones enriquecedoras. Y que por otro lado, llenan de paz interior, ya que personalmente me siento reflejada en muchas reflexiones aquí vertidas.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu comentario

Entradas populares de este blog

Ponderación al vocabulario

Silencios del cuerpo y del alma

La práctica del silencio entre humanos puede representar la adopción de una actitud equívoca. Podrá significar muchas cosas, como satisfacción, conformidad, enfado, dolor, afirmación, negativa. Y casi siempre, la intuición recurrirá en ayuda gestual al entendimiento.   Cuando el silencio es inexpresivo o aparente, podría considerarse el de un estado neutro, de aislamiento, de alejamiento del instante, de encontrarse en un contexto entre el pensamiento y la presencia. Y si ese estado es unipersonal, propio, se dará una situación primada por la falta de elocuencia.   Pero, sin duda, el silencio siempre transmite algo, se puede decir que no hay silencio sin mensaje. Estar en silencio, puede significar tanto una muestra del impacto negativo de la soledad, como el disfrute pleno de un tiempo dichoso. Resultaría largo especificar la cantidad de silencios que se nos pueden presentar, pues más allá de aquellos a los que me referiré después, como corta muestra de tantos otros, creo imp...

Las manías: entre la costumbre y la obsesión

Todos los seres humanos tenemos pequeñas manías. Algunas son casi imperceptibles: sentarse siempre en el mismo lugar, repetir ciertos gestos antes de empezar una tarea o visitar de manera habitual un mismo sitio.   Otras resultan más visibles y pueden parecer extravagantes o incómodas para quienes las observan. La manía pertenece al territorio de la repetición. Es una conducta que se instala en la vida cotidiana y tiende a reproducirse casi automáticamente. A veces nace de la costumbre, otras del deseo de orden, de seguridad o de control frente a la incertidumbre. Por eso las manías pueden parecer triviales, pero también revelan algo profundo sobre la psicología humana. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿son simples hábitos curiosos o pueden convertirse en una forma de obsesión que limita la libertad personal? Una persona que siempre toma el mismo camino para ir a un lugar quizá no lo haga por necesidad, sino por comodidad mental. La mente humana tiende a economizar esfuerzos...