Ir al contenido principal

Cuando dudar se vuelve costumbre



Hoy parece casi inevitable dudar. No tanto como ejercicio intelectual, sino como reacción espontánea. Escuchamos una noticia, una afirmación o una promesa, y algo en nosotros se activa: una distancia, una reserva, una sospecha.


La Real Academia Española define el escepticismo como desconfianza o duda de la verdad. Pero, en la práctica cotidiana, esa duda va más allá de una definición . Se ha convertido en una actitud extendida, casi en una forma de protección.


No es difícil entender porqué. Sabemos que la información puede ser incompleta, interesada o incluso engañosa. Percibimos incoherencias, intuimos segundas intenciones, y eso nos lleva a no aceptar nada sin cierto filtro previo. En ese sentido, el escepticismo puede verse como una razonable prudencia: una manera de no entregarse sin más a lo que se nos presenta.


Sin embargo, esa misma prudencia plantea preguntas que no siempre son fáciles de responder. ¿Dónde termina el cuidado y empieza la desconfianza? ¿En qué momento la duda deja de ayudarnos a comprender y comienza a alejarnos de lo que ocurre?


La Filosofía ha valorado históricamente el escepticismo como un punto de partida fértil. Dudar no era negar, sino abrir espacio para entender mejor. Incluso en el ámbito religioso aparece esta idea. En el Evangelio de San Juan, Santo Tomás necesita comprobar para creer. Su gesto no se presenta como un defecto, sino como un tránsito hacia una convicción más consciente.


Algo similar ha ocurrido en la ciencia y en el pensamiento a lo largo del tiempo: cuestionar lo establecido ha permitido avanzar. La duda, bien orientada, no debilita el conocimiento, lo afina.


Quizás el matiz esté ahí. No toda duda cumple la misma función. Hay una duda que investiga y otra que simplemente se instala. Una que busca comprender y otra que, sin proponérselo, termina cerrando posibilidades.


Cuando el escepticismo se convierte en hábito permanente, corre el riesgo de transformarse en una especia de distancia continua frente a todo.  Ya no se trata de examinar, si no de no conceder. Y en ese desplazamiento, algo se pierde: la capacidad de confiar, de vincularse, de conceder valor a lo que todavía no ha sido completamente verificado.


Esto no significa renunciar al criterio ni a la cautela. Más bien invita a observar como usamos esa duda. Si la empleamos para profundizar o para mantenernos al margen. Si nos acerca a una comprensión más rica o si, poco a poco, nos conduce a una indiferencia sofisticada.


En un entorno saturado de información, el verdadero desafío no es creerlo todo, pero tampoco negarlo todo. Es aprender a discriminar, a evaluar, a sostener la duda el tiempo suficiente sin que se convierta en un refugio automático.


Tal vez el escepticismo no esté definiendo una nueva condición humana, sino intensificando una disposición que siempre ha estado ahí. La de cuestionar. La diferencia es que hoy esa disposición puede orientarse tanto al conocimiento como al distanciamiento.


Y ahí más que en la duda misma es dónde conviene detenerse. Porque no toda desconfianza nos protege, ni toda duda nos hace comprender mejor. Y quizá entender esa diferencia sea, hoy, una forma de lucidez.



Comentarios

  1. Muy cierto Joaquim, pero esta actitud se ha ido incrementando últimamente como consecuencia de no poder procesar de forma tranquila la cantidad de informacion que, desde distintos ámbitos, se recibe de una forma sesgada y a menudo mal intencionada.

    ResponderEliminar
  2. Estamos conectados con el mundo que nos rodea a través de diferentes medios, unos que merecen toda nuestra confianza y sobre los cuales admitimos su certeza, pero existen otros que, a través del tiempo y gracias a la evolución técnica, se han multiplicado al propio tiempo que han perdido su credibilidad. En este caso podemos incluir la televisión, los periódicos, la emisoras radiofónicas, y hasta el boca a boca de algunas amistades u otras personas conocidas que adolecen de suficiente credibilidad por su inclinación social o cultural hacia determinadas posiciones políticas o religiosas.
    Para no caer el escepticismo, una vez conocida la fuente de la información, es comprobar que la noticia es cierta, contrastándola con otras fuentes alternativas de nuestra confianza. Una misma información puede ser muy diferente dependiendo del grado de vinculación que tengan las fuentes emisoras con quien las sustenta.
    De todas maneras, creo que es buena la duda en la mayoría de casos, no cayendo en el escepticismo salvo en quienes ya conocemos su falta de criterio, y procurando no sumirnos en un distanciamiento improductivo para nosotros.
    Un fuerte abrazo, Joaquín.

    ResponderEliminar
  3. Extraordinaria tu exposición y detalle de tus comentarios.gracias

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu comentario

Entradas populares de este blog

¡Ayuda!

Nunca hasta ahora, o así quiero creer, se ha usado tanto esta significativa palabra. Bonita también, por lo que representa como mensaje y recurso humanitarios. Debilidad, en búsqueda de reparar una necesidad con una altruista solución.   Ayudar es cooperar y es socorrer. Prestar ayuda es dar amparo por algo o para alguien necesitado de ser asistido. La ayuda que yo priorizo es aquella que se presta para aliviar al que no le responden sus esperanzas. Y pedir ayuda pudiera ser gastar la última prueba de un pundonor; el recurso final a restituir una carencia vital sobrevenida, una salida a la desesperación. En tiempos que ahora corren veloces, todo que los días duran lo mismo de siempre, lo de pedir ayuda se ha pluralizado y banalizado hasta el extremo de ser considerado como un recurso imprescindible de mejor sobrevivencia. Pienso, para disfrazar la capacidad de hacerlo naturalmente. Sí, porque el común actor humano de esta moderna sociedad aspirante al disfrute de una vida intensa y...

Costumbres

Bonito vocablo, potente, emotivo, legítimo, recurrente y de remate. Y, como no, ambivalente, o sea, humanístico.   Algo que se califique así engrandece al tiempo, estimado en todos sus momentos. Una opción para resolver, para justificar y para comprender. Una referencia para culminar una voluntad alejada de argumentos subjetivos enfrentados. Un poder disuasorio. La Costumbre tiene -merece, si se me permite- nombre “propio”. Porque no hay una costumbre que no se corresponda con “algo” que le otorga primacía verbal sobre el común destino de su recurso. Tiene un valor permanente, no se agota ni se sustituye; puede obviarse y hasta no considerarse, pero queda ahí para el siguiente episodio. O no conviene ahora, pero mantiene su importancia.   Para el Derecho es “fuente” de interpretación y, en ocasiones, de aplicación, cuando la ley, el reglamento, la norma escrita, no tienen o pueden dar respuesta asimilable por la ausencia formalizada de las relaciones discutibles. Y faculta la ...

Ponderación al vocabulario