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Temas de ahora: cementerios naturales



Cualquier persona sabe, tiene creído, que se morirá algún día, porque nos han enseñado que no viviremos siempre, aunque recibamos de vez en cuando noticias sobre avances en la prolongación de la vida, aumente estadísticamente la evidencia de morirse más tarde y no se deje de investigar el utópico camino de la inmortalidad.


Entonces, se puede decir que el hecho de morirse es natural. No solo que existe la muerte natural, esa que define el simple fallecimiento ajeno a cualquier causa sobrevenida o accidental, debida a una enfermedad determinada o simplemente por agotamiento corporal. 


Nos pueden decir que alguien se ha muerto “de repente”, que ha dejado de existir sin haber evidenciado posibles causas previas, o sea, naturalmente. Alguno osará comentar que al finado no parecía que tuviera que pasarle eso. Y concluiremos que es natural morirse.


Después de una muerte y tras los actos sociales de despedida del difunto, hay que proceder a darle destino a sus restos mortales; se tiene que dar sepultura al cadáver. Un concepto ampliable a las diferentes costumbres y formas de hacerlo en el ancho mundo.


Hasta hace poco se ha venido considerando por estos lares y  sus tradiciones, que a los fallecidos se les entierra en suelo o deposita en nichos colectivos o edificación mortuoria familiar, o bien se incinera su cuerpo y cada deudo decide el destino de sus cenizas, a veces variopinto y hasta ciertas modernidades disfrazando lo ocurrente.


Para enterrar cadáveres existen los cementerios religiosos y civiles.  Y para las urnas con cenizas que se desean conservar en un gesto de afecto inmortal de sus dolientes parientes, están los llamados columbarios. Existen en muros a propósito de los propios cementerios, en sacristías o dependencias eclesiales y hasta en acceso a tribunas y edificios públicos.


Unos meses atrás, en una publicación de información general, me topé con un artículo de fondo que informaba muy documentadamente de los cementerios naturales, cosa que me llamó la atención. Los desconocía, investigué y supe de su existencia desde los albores de este siglo, si bien era ahora que se estaban proliferando. 


Ahora sé que derivado de la nueva pasión por lo sostenible, lo ecológico, lo biológico, el medio ambiente, el aprovechamiento de los recursos y la reducción de los contaminantes, a uno lo pueden enterrar naturalmente, se muera o no por lo natural, que también.


No digo yo que eso esté mal, en absoluto, hasta lo entiendo y aplaudo la intención y auspicio que la novedad calará pronto y bien.


La idea dicen ser estupenda, porque tienen en cuenta aspectos naturales fundamentales. Hay féretros y sudarios biodegradables. Se olvidan de panteones, lápidas, flores artificiales, por ser ecológicamente insostenibles y se ahorra energía con emisión de CO2 si se prescinde de los crematorios.


¿Y el lugar de su ubicación? El cementerio natural debe estar a campo abierto, sin costuras constructivas, con tumbas cubiertas de verde naturaleza, no un jardín sino como una pradera. Donde las personas que decidan asentarse así para la eternidad, se sientan reconfortadas porque formarán parte del ciclo de la vida.


Ahora, paciente lector, deseo sepa que este mi relato está entresacado de diferentes mensajes publicitarios de entidades funerarias que promueven esta moderna modalidad de dar sepultura. Dicho lo cual, le dejo mi consideración más distinguida.

Comentarios

  1. Extraordinario como siempre.gracias

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  2. Recuerdo ese tipo de cementerios naturales en Estados Unidos (aunque allí no se le otorgaba esa denominación ) Son cementerios, que efectivamente, se situaban en praderas eternas y explanadas verdes interminables. Cementerios, bajo mi punto de vista, preciosos y placenteros. Cuando los veía, pensaba que eran un lugar digno del descanso eterno.
    Arminda

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  3. Querido Joaquín; decidir el destino que van a dar a mi cuerpo, cuando haya fallecido, no va a quitarme el sueño. Desde mi nacimiento, como era costumbre en mi familia y en muchas de bajo nivel económico, ya empezaron a pagarme una cuota en una mutualidad con destino a cubrir los gastos de entierro. En aquella época, el coche iba tirado por caballos, y lo presidía uno o varios curas, de acuerdo con el potencial económico del difunto.
    Como por suerte nunca he fallecido, no puedo comparar ni decantarme por una solución u otra. De lo que estoy seguro, es que dentro de pocos siglos, de todos nosotros sólo quedará polvo, que seguramente servirá de abono a la tierra, si no la hemos convertido en un desierto estéril.
    Un fuerte abrazo.

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  4. Estos espacios asignados para el descanso eterno en plena naturaleza, siempre me han gustado.Libres de artificios y florituras.
    Siempre que he visitado alguno, me ha conmovido la paz que se respira y la comunión del ser humano con la madre tierra.
    Aquí no existe esta tradicion , ni creo voluntad de introducirla.
    Quizás, lo más cercano, podrían ser estos pequeños y encantadores cementerios rurales pegados a las Iglesias.
    Montse C.

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  5. Joaquín,como siempre tus escritos son maravillosos,que bien sería descansar en una pradera.
    Saludos Paquita

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  6. Lo importante es descansar. Al final, el dónde es una cuestión egoísta de los que nos quedamos, que somos los que, 'en nuestra visita a la persona ya difunta', sentimos, vemos o pensamos que 'aquel espacio es más idóneo o no' para el que ya no está. Da paz un terreno natural, un espacio abierto, un entorno agradable. ¿A quién? A quien se ha quedado y cree que 'el suyo' allí yace en calma. El que se ha ido, en vida aportó lo que supo, quiso o pudo a la naturaleza, y a lo demás. Ya no cuenta, a menos que fuera un deseo expreso y lo dejara dicho, el dónde ir a visitarle, pensarle o recordarle. En el punto final de la vida si aún se puede dar algo de uno mismo, al menos que sea en beneficio de los que se quedan y de dónde se quedan.

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