Ir al contenido principal

La asocial actitud de no votar

Estamos entrando en un nuevo periodo largo de elecciones políticas. Bueno, si es que hemos salido realmente, porque las pausas entre todas y tantas se quedan en unos suspiros.


Un dato importante de los resultados de cualquier llamada a las urnas es el de los porcentajes de votos emitidos, o sea el correspondiente al número de electores que se han personado ante las mesas de votación o lo han hecho por correo. 


Otro, deducido por diferencia con el total oficial de ciudadanos con derecho a votar, es el porcentaje de los que decidieron voluntariamente no participar con su voto (ni a plantearse ese deber social), más los que se vieron imposibilitados de hacerlo por motivos razonables (presumiblemente en menor número).


La validez objetiva de un resultado electoral no cuestiona la alta o baja cantidad de los votos emitidos. Suele admitirse que acercarse al 60% avala la eficacia de esa votación; si bien una participación inferior también sería válida. 


Las decisiones que se tomarán después por los elegidos serán aplicadas a todos en general. O sea, nada importan -¿o sí?- ni nada pueden reclamar quiénes no fueron a votar.


Entonces, esa otra mayoría, completa y cierta, que suele denominarse “silenciosa” ¿qué pinta y qué puede o espera recibir de sus gobernantes? Si no fueron a votar ¿es porque se conforman con cualquier resultado? ¿no se fían de los elegibles? 


Cada vez que se produce una manifestación popular en pueblos y calles en protesta, defensa y reclamo de mejoras y cambios  sociales, con frecuencia -demasiada actualmente- la concurrencia de afectados resulta más ostensible y justificable.


Y están, además, esos grupos habituales o espontáneos de familiares, amigos, compañeros, que acostumbran a diario a criticar -no sin su razón, claro- todo lo que consideran que funciona mal a su alrededor. Y se exclaman por ello en conversaciones y chats.


Uno se pregunta ¿votan todos esos cuando se da la ocasión? ¿aprovechan esa posibilidad formal para elegir la opción que podría cambiar su valoración de la situación criticada? ¿se hacen presentes donde pueden manifestarse legítimamente e influir en su ideal?


Los altos porcentajes de eludir las votaciones que se dan en nuestras democracias, sean por elecciones políticas, laborales, vecinales o grupales, optando por la abstención, es prestar un flaco servicio a esa sociedad o colectivo al que se pertenece. Es, sin duda, ejercer un derecho, pero es hacerlo con desprecio social.


Las opciones del SI, el NO, o los elegibles Negro o Blanco, no son excluyentes, pues se tiene legítimamente la posibilidad de votar “en blanco”. De tal guisa, el ciudadano puede dejar constancia de su desacuerdo con todo lo propuesto por los candidatos.


En nuestra legislación, el voto en blanco (sobre vacío o incluyendo un papel también albo) es considerado voto positivo -en contra del voto nulo (o esperpento) que no lo es- O sea, computan para hacer porcentaje electo que hasta podría provocar se dotasen escaños “vacíos” de superarse los mínimos reglamentados.


Reflexione pues, próximo elector. Vaya a votar siempre. Solamente no lo haga si es por causa de fuerza mayor. Propóngase ayudar a su causa. Sea solidario con sus conciudadanos. Elija o vote en blanco, pero no se abstenga.


Y si la cuestión va de Juntas de empresas o Asambleas de comunidades, asociaciones y clubes, haga lo propio o por lo menos, si así está regulado, delegue en otra persona de su confianza ese fundamental derecho. 




Comentarios

  1. Votar por un partido, sobre el que tienes la seguridad que no va a cumplir con su programa electoral, es tirar tu voto. Pero no votar es mostrarse alienígeno al derecho común de poder elegir tus gobernantes. Por este motivo, creo que en caso de no encontrar el partido que te ofrezca la mínima garantía de satisfacer tu idea de buen gobierno, lo mejor es votar en blanco.
    Como mínimo, quedará registrado el descontento, a medida que crezca su porcentaje sobre la masa de votantes.

    ResponderEliminar
  2. Como siempre extraordinario.Gracias por tenerme e cuenta

    ResponderEliminar
  3. Sergio Miguel Palma peniche

    ResponderEliminar
  4. Joaquin, como siempre tus atinados comentarios son válidos allá y aquí, me refiero a que en América son totalmente aplicables.
    Comparto totalmente la idea de que no podemos abstenernos de emitir nuestra opinión; si realmente todos participaremos en esos procesos, estaríamos participando en la construcción de un mundo mejor para todos.

    ResponderEliminar
  5. Ante el panorama actual, el descrédito y desconfianza de la clase política, en general. No es de estrañar que más de uno y de dos, opten por no votar como actitud de boicot al sistema.
    Es una opción.
    Otra, el voto en blanco.
    La abstención,se puede justificar, pero ya entraríamos en otro terreno.
    Montse C.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu comentario

Entradas populares de este blog

Ponderación al vocabulario

Las manías: entre la costumbre y la obsesión

Todos los seres humanos tenemos pequeñas manías. Algunas son casi imperceptibles: sentarse siempre en el mismo lugar, repetir ciertos gestos antes de empezar una tarea o visitar de manera habitual un mismo sitio.   Otras resultan más visibles y pueden parecer extravagantes o incómodas para quienes las observan. La manía pertenece al territorio de la repetición. Es una conducta que se instala en la vida cotidiana y tiende a reproducirse casi automáticamente. A veces nace de la costumbre, otras del deseo de orden, de seguridad o de control frente a la incertidumbre. Por eso las manías pueden parecer triviales, pero también revelan algo profundo sobre la psicología humana. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿son simples hábitos curiosos o pueden convertirse en una forma de obsesión que limita la libertad personal? Una persona que siempre toma el mismo camino para ir a un lugar quizá no lo haga por necesidad, sino por comodidad mental. La mente humana tiende a economizar esfuerzos...

Responsabilidad: entre el deber y la elección

La responsabilidad parece una idea clara, casi evidente, pero al pensarla se llena de matices. ¿Es un deber hacia los otros? ¿Un valor natural? ¿O una exigencia que asumimos para convivir? Podría decirse que la responsabilidad es, ante todo, una forma de responder: ante los demás, ante lo que hacemos y, en último término, ante uno mismo. No es solo cumplir, sino hacerse cargo. Por eso no se agota en la obligación externa, sino que implica también conciencia.  Surge entonces una duda: ¿es algo espontáneo o fruto de la reflexión? En parte, parece natural. El ser humano común la intuye, la siente e incluso la espera de los demás. Hay en ella una inclinación básica al cuidado, a no perjudicar, a sostener lo que importa. En esto, no estamos tan lejos de ciertos comportamientos instintivos, como la protección de la propia prole.  Pero esa intuición no basta. La responsabilidad también exige comprensión y elección. No solo se siente: se asume. Y ahí aparece su vínculo con la libertad...