Ir al contenido principal

Calle -mundo- sin salida



Me inclino y suelo sostener en mis consideraciones una visión realista. Sin ser ajeno a la duda ni a la devoción por algunos sentimientos, prefiero la condición tangible de los hechos a la hora de valorar los acontecimientos humanos.


Entiendo que vivimos en un mundo complejo de imposible conciliación y víctima de nuestros muchos errores. Creo también que la vida colectiva podría ser buena si la gran mayoría de gentes asumen las lógicas servidumbres de la materia, sienten un algo espiritual y usan el sentido común para convivir.


A veces nos olvidamos que nuestra existencia es deudora, por herencia o comportamiento, de bienes naturales que por sí mismos tienen sus circunstancias y desarrollos que nos condicionan y que requieren suma atención.


Pese a todo o gracias a esta suerte, de un tiempo a esta parte da la sensación que nuestras mutuas relaciones están empeorando. Generalmente padecemos problemas ya conocidos con anterioridad o claramente previsibles y no hemos actuado debidamente.


Se están juntando en pocos meses situaciones de conflicto y riesgo de diverso y malicioso orden. Hechos presentes nuevos y reiterativos que evidencian la falta de coherencia y responsabilidad colectiva unida a la interesada provocación de algunos.


Podemos preguntarnos de qué sirven conferencias de paz, tratados de no agresión, declaraciones internacionales de todos los derechos conocidos, acuerdos para la protección del medio ambiente, dotaciones económicas para combatir el hambre, actos pro vida democrática, campañas de sensibilización sanitaria y bla, bla, bla. 


Y resulta que palestinos e israelitas andan a su cansina greña; los rusos invaden el país de los ucranianos, los chinos continentales amenazan a los taiwaneses; los talibanes someten de nuevo a sus mujeres; los cristianos son perseguidos en África, Asia e incluso en Nicaragua; se asesina a opositores y periodistas; se incendian maliciosamente los montes; se ocupan impunemente viviendas ajenas; la violencia doméstica no remite; la inmigración nos congestiona; se impone la pertinaz sequía y escuece la insolencia de una política energética que arruina a los hogares.


Cabe plantearse porqué faltan reacciones políticas serias y judiciales rápidas ante actos abusivos sobre la propiedad, el trabajo y la convivencia e incluso hechos criminales contra las personas, individuales o en pandilla. 


También hay que reclamar verdaderas, no demagógicas o inviables, soluciones del vilipendiado propósito de la cabal redistribución de las rentas y de una ecuánime justicia fiscal, nunca cumplidas.


Si no ¿para qué necesitamos partidos políticos, sindicatos, asociaciones patronales, confesiones religiosas y esa maraña de organizaciones “profesionalizadas” creadas para arreglar el mundo y que en la realidad nos llevan a trompicones contra los elementos, naturales que no controlan y sociales que no resuelven?


Por demás, sean gobernantes elegidos o secretos capitostes del que llaman Nuevo Orden Mundial, nos castigan económicamente con decisiones y sutiles presiones rebozadas al huevo hilado, al producir inflación, escasez de productos de primera necesidad y disparatar los precios sin justificación objetiva, para especular y dominarnos.


Una calle sin salida -quería parodiar- significa que no va a ninguna parte después de su final tapiado. Deja de serlo normalmente con la implantación de un nuevo Plan General de Urbanismo que, a buen seguro, remodelará su entorno y horizonte favorablemente. 


No estoy yo para adagios crepusculares, tampoco para tropeles apocalípticos, ni mucho menos resucitar plagas sagradas, pero qué bien nos vendría a todos recibir un buen susto incruento, si bien  duro, que provocase una fuerte reacción colectiva, marginando estereotipos actuales y, cual Ave Fénix, de él renaciésemos mejores. O sea, generando un Plan Mundial de Normalización de  Convivencia que releve a este modelo actual claramente fracasado.

Comentarios

  1. Querido Joaquin, en 2019 y durante meses hemos tenido un gran susto y parece ser que a los humanos no nos ha servido de casi nada salvo para empeorar considerablemente ésa mundialmente envidiada sanidad pública ya deteriorada por la escasa inversión. En cuanto a nuestros políticos creo que no tienen ni vocación ni conocimientos y les sobra ambición ya que hoy es una profesión muy bien remunerada y con muchos privilegios.
    Marisa

    ResponderEliminar
  2. Como siempre extraordinario tus exposiciones..muchas gracias

    ResponderEliminar
  3. Hola, Joaquin, siempre leo tus comentarios, aunque admito que casi no participo con los míos.
    Suscribo en gran parte tu argumentario; pero añadiría que en un mundo en el que la información nos abruma, hemos de volver a leer entre lineas para que no nos manipulen más de lo que ya hacen.
    Es muy fàcil crear tendencias y etiquetar de malos a los "otros" sin apercibirnos de que los "buenos" no son tan buenos y que sus "valores" están viciados. con el objetivo de controlarlo todo y, el que no esté con ellos que se prepare........................
    Un abrazo,
    Josep Olivé

    ResponderEliminar
  4. Buen artículo para intentar concienciar a las personas

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu comentario

Entradas populares de este blog

Ponderación al vocabulario

Las manías: entre la costumbre y la obsesión

Todos los seres humanos tenemos pequeñas manías. Algunas son casi imperceptibles: sentarse siempre en el mismo lugar, repetir ciertos gestos antes de empezar una tarea o visitar de manera habitual un mismo sitio.   Otras resultan más visibles y pueden parecer extravagantes o incómodas para quienes las observan. La manía pertenece al territorio de la repetición. Es una conducta que se instala en la vida cotidiana y tiende a reproducirse casi automáticamente. A veces nace de la costumbre, otras del deseo de orden, de seguridad o de control frente a la incertidumbre. Por eso las manías pueden parecer triviales, pero también revelan algo profundo sobre la psicología humana. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿son simples hábitos curiosos o pueden convertirse en una forma de obsesión que limita la libertad personal? Una persona que siempre toma el mismo camino para ir a un lugar quizá no lo haga por necesidad, sino por comodidad mental. La mente humana tiende a economizar esfuerzos...

Responsabilidad: entre el deber y la elección

La responsabilidad parece una idea clara, casi evidente, pero al pensarla se llena de matices. ¿Es un deber hacia los otros? ¿Un valor natural? ¿O una exigencia que asumimos para convivir? Podría decirse que la responsabilidad es, ante todo, una forma de responder: ante los demás, ante lo que hacemos y, en último término, ante uno mismo. No es solo cumplir, sino hacerse cargo. Por eso no se agota en la obligación externa, sino que implica también conciencia.  Surge entonces una duda: ¿es algo espontáneo o fruto de la reflexión? En parte, parece natural. El ser humano común la intuye, la siente e incluso la espera de los demás. Hay en ella una inclinación básica al cuidado, a no perjudicar, a sostener lo que importa. En esto, no estamos tan lejos de ciertos comportamientos instintivos, como la protección de la propia prole.  Pero esa intuición no basta. La responsabilidad también exige comprensión y elección. No solo se siente: se asume. Y ahí aparece su vínculo con la libertad...