Quien se asoma hoy a la vida pública con el deseo limpio de sumar y construir suele retirarse a menudo con una extraña sensación de desasosiego. Es el peso de la bulla. Un barullo que no solo aturde el oído, sino que empaña la ética y fractura los puentes de la convivencia.
Este ruido constante convierte el espacio común en un escenario incómodo. Nos topamos a menudo con la obstrucción sistemática, fraudes que desgastan la confianza y algunas agresiones cotidianas que minan la armonía.
Sentir hastío ante este panorama, o incluso un íntimo rechazo, no es un síntoma de debilidad ni de desinterés. Al contrario, es la reacción natural de una conciencia sana. Es la mente que se niega a aceptar la crispación y el desorden como el estado normal de nuestras vidas.
Esa contradicción entre el deseo de progreso y la realidad del tumulto es un viejo dilema humano. No somos los primeros en experimentar este cansancio moral ante las inconsecuencias del grupo.
En el ecuador del siglo XVII, Baltasar Gracián ya nos advertía con elegancia sobre estos peligros. El pensador aragonés analizó con maestría la complejidad de transitar una plaza pública donde el parecer suele cotizar mucho más alto que el ser.
Siglos después, Arthur Schopenhauer le dio un tinte más sombrío a esta misma realidad. Lo hizo a través de su famosa parábola de los puercoespines, esos seres que se buscan para darse calor en el invierno social, pero que terminan hiriéndose con sus espinas en cuanto se acercan demasiado.
Para el filósofo de Fráncfort, la distancia justa era el único refugio posible ante la decepción comunitaria. Su mirada, fuertemente escéptica, nos recuerda el riesgo de dejarnos arrastrar por la corriente del desatino ajeno.
Sin embargo, el repliegue absoluto o el aislamiento no bastan para sostener una sociedad que necesita avanzar. No podemos limitarnos a contemplar el naufragio desde la orilla.
Frente al pesimismo del pasado, voces modernas y constructivas como la del filósofo Byung-Chul Han nos invitan a enfocar el problema desde un ángulo más esperanzador.
Han nos recuerda que la bulla contemporánea nace de un exceso de estímulos y de una preocupante pérdida de la capacidad de escucharnos de verdad. Su propuesta, plenamente vigente, pasa por recuperar el respeto, la cortesía y esos silencios compartidos que devuelven el sentido a las palabras.
Por todo ello, se hace indispensable apelar directamente a quienes sostienen las riendas de la influencia pública. Gobernantes, académicos, comerciantes, comunicadores y educadores tienen el deber moral de detener este engranaje de confusión.
Todos aquellos que influyen en el colectivo popular deben recordar su obligación prioritaria: entender la sociedad como una suma de personas individuales, cada una sujeta y merecedora de un bien general, y nunca como un mero instrumento de conveniencia.
Es hora de exigir que la masa deje de ser ese sujeto plural y dócil, eternamente seducido por consignas vacías o intereses partidistas. El progreso real se mide en la dignidad con la que se trata a cada ciudadano, no en la facilidad con la que se le arrastra hacia el tumulto.
Es precisamente en este punto donde la moderación emerge con toda su fuerza. No debemos entenderla como una actitud tibia, pasiva o conformista. La verdadera moderación es una fortaleza intelectual y un ejercicio de alta responsabilidad.
Tanto en su dimensión individual como en la colectiva, la moderación es el único método eficaz para digerir las contradicciones de la vida pública sin contagiarnos de su veneno. Funciona como un auténtico escudo ético para el ciudadano.
Esta templanza nos permite sostener una defensa equitativa y firme de lo conveniente. Nos ayuda a proteger la justicia y el bienestar general, evitando la trampa de responder al grito con más ruido o a la obstrucción con el bloqueo.
La concordia nunca ha nacido de la uniformidad absoluta, sino de la voluntad compartida de mantener limpio el canal donde nos entendemos. Frente a los complejos retos sociales, políticos y económicos que el presente nos impone, la respuesta no puede ser el abandono, la queja estéril o la polarización ciega.
Moderar la bulla empieza siempre por uno mismo: por serenar el propio juicio, elegir con cuidado las batallas en las que participamos y comprometernos a ser el elemento armónico en nuestros entornos profesionales y personales.
Al final, el progreso constructivo y el rumbo de la historia no lo deciden quienes más gritan ni quienes ejecutan el fraude. Lo deciden aquellos que, con paso firme, mente clara y espíritu templado, mantienen encendida la luz de la razón y la concordia.

Extraordinario como siempre tu artículo.Muchas gracias por mandármelo
ResponderEliminarPACO SANCHEZ
Se podría decir mas alto como los de la bulla, pero no mas claro. Realmente da miedo que nuestra "sociedad" vea normalidad en los comportamientos que siguen cada vez más jóvenes.
ResponderEliminarMuy correcto, muy cívico
ResponderEliminarNecesitamos más personas que construyan; con ideas distintas, opiniones diferentes, tendencias diversas; pero siempre con la intención, idea y proposición de construir. De todo ello solo puede extraerse riqueza. Ser mejores, llegar a acuerdos, colaboraciones; ceder y tirar; avanzar y retroceder; pero compartiendo. De cada uno, de cada cual, puede salir siempre algo que sume; que construya. Pero si solo vamos a destruir, a ofender, a insultar, a menospreciar, a dañar... nos perdemos. La vida también es aquello que te pierdes por no querer verlo; y es mucho más sensato, tranquilo y frutífero si entre dos haces el camino, porque será más completo y rico, seguro.
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