Observo la calle y el incesante desarrollo de sus gentes: quienes caminan deprisa, quienes descansan en un banco, quienes suben y bajan de los vehículos, quienes los conducen, quienes entran y salen de viviendas, oficinas o comercios. Y, casi sin querer, me siento por momentos ajeno a ese movimiento continuo. Perdido entre multitud de desconocidos.
Me detengo entonces a pensar en motivaciones y sensaciones que quizá compartimos todos y que, sin embargo, terminan diferenciándonos.
Estoy en una gran ciudad cuya población ha crecido de manera exponencial en apenas unos años, hasta el punto de parecer estrecha para sí misma.
El espacio peatonal y rodado de sus calles, naturalmente limitado y urbanizado conforme a unas dimensiones ya inamovibles, debe absorber hoy movimientos humanos intensos y constantes. Eso obliga a modificar diseños urbanos, reorganizar espacios y buscar soluciones cada vez más complejas para racionalizar la convivencia cotidiana.
La masificación de usuarios de los servicios públicos —residentes o visitantes— genera necesidades que exigen respuestas imaginativas. Pero no resulta sencillo encontrar alternativas cuando faltan espacios o cuando las posibilidades de crecimiento chocan con la propia estructura de la ciudad.
Planteo esta reflexión porque, observando ese movimiento ciudadano del que hablaba al principio, percibo una característica bastante común: un cierto hastío colectivo.
Una sensación de incomodidad que parece instalarse en muchas personas cuando desplazarse por la ciudad deja de resultar agradable y comienza a convertirse en una obligación fatigosa.
Y esa incomodidad compartida puede acabar derivando, con demasiada frecuencia, en irritación, desconsideración o incluso agresividad hacia aquello que se percibe como culpable del malestar: otra persona, un vehículo, una norma urbana o cualquier pequeño obstáculo cotidiano. Tal vez nos esté ocurriendo algo más profundo.
Vivimos una época de transformaciones rápidas, aceleradas por avances tecnológicos y nuevos hábitos sociales que apenas nos dejan tiempo para comprender, adaptarnos o asimilar los cambios. Todo parece empujarnos hacia la prisa.
A ello se suma una paradoja llamativa: nunca habíamos dispuesto de tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, cada vez cuesta más convivir serenamente.
Dos ideas se me ocurren entonces. La primera es preguntarme si tratar de encontrar soluciones perfectas para espacios y modelos urbanos ya saturados no será, en parte, una aspiración utópica.
La segunda, quizá más útil, es si no deberíamos recuperar colectivamente una antigua virtud: la templanza.
Hace algunos años asistí a uno de esos cursos universitarios breves que permiten asomarse a disciplinas desconocidas movido únicamente por la curiosidad. El tema era la llamada Psicología Positiva, tan divulgada entonces.
Aquella experiencia me permitió comprobar cómo filósofos, pensadores y estudiosos de la conducta humana, desde Aristóteles hasta Viktor Frankl, coincidían en otorgar gran importancia al equilibrio interior como fundamento de la convivencia.
La templanza, entendida más allá de doctrinas religiosas o morales estrictas, no consiste en resignación ni en pasividad. Consiste en moderación, equilibrio y capacidad de comprender que vivimos compartiendo espacios, límites y necesidades comunes.
Quizá hoy esa virtud resulte menos visible porque el tiempo que vivimos premia justamente lo contrario: la inmediatez, la reacción impulsiva, la opinión rápida y el derecho individual llevado muchas veces al extremo.
Sin embargo, ninguna sociedad ha conseguido mantenerse únicamente sobre la suma de exigencias personales. Siempre ha necesitado cierto grado de renuncia voluntaria, de consideración hacia los demás y de aceptación razonable de normas comunes. Nuestros mayores llamaban a eso urbanidad.
No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar los problemas reales de nuestras ciudades. Tampoco de renunciar a la necesaria protección de quienes más ayuda necesitan. Pero sí de reconocer que la convivencia requiere equilibrio entre libertad individual y responsabilidad colectiva.
De poco servirá el esfuerzo de técnicos, urbanistas o administraciones públicas si los ciudadanos no incorporamos también una mínima disposición personal hacia la comprensión mutua.
Las campañas de civismo ayudan; las normas y sanciones, en ocasiones, son necesarias. Pero ninguna regulación sustituirá nunca del todo a la voluntad individual de convivir mejor.
Porque quizá la verdadera amplitud de una ciudad no dependa únicamente de sus calles, sino de la capacidad de quienes la habitan para hacerse mutuamente más llevadero el camino. Entonces, sí tendría sentido recuperar la vieja y discreta virtud de la templanza.

Urbanidad, creo que en las escuelas no deben hacer hincapié en respetarnos mutuamente. Falta urbanidad por un lado y urbanismo por el otro, porque se hacen verdaderas barbaridades en nuestras calles y avenidas, que obligan a los conductores a cambiar itinerarios y a peatones a estar atentos, sobretodo con las bicicletas y patine invasores.
ResponderEliminarComo siempre, excelentes reflexiones. Una virtud casi olvidada porque implica renuncia. Hoy son pocos los que quieren renunciar a algo
ResponderEliminar