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Instalados en la inseguridad




Va para cincuenta años que aquí nos dijeron que vivir en Democracia significaba gozar del derecho fundamental de ser libres e iguales. Que la seguridad requerida para su garantía no se vería afectada, a cambio no más allá de un precio justificado y asumible.


Sendas conclusiones eran aseguradas por la experiencia de comunidades humanas ya consideradas democráticas tiempo ha. También, la totalidad de manifiestos y protocolos políticos que se han dado en el mundo, citan con cierta pompa el crédito de la libertad.


Reflexiones como “mi libertad termina donde empieza la tuya” muy estimadas por todos y lamentablemente en vía del olvido general, nos han hecho de la ilusión y su primer disfrute, ensoñaciones de un tiempo pasado.


La aspirada libertad, recantada y exhibida machaconamente por doquier, se ha ido diluyendo y más bien se está quedando en “in lio témpore”, es decir, transitoriamente, o en una alargada transición, tenue ya y en preocupante liquidación. 


No me negarán que las cámaras de seguridad están hoy a la orden del día. Ayer conté cinco dentro de un autobús urbano. Quedan ya pocos locales comerciales, centros deportivos y de entretenimiento, oficinas, edificios públicos y, en privados, están “in crescendo” en conserjerías y pisos. Yo mismo las tengo en casa.


¿Por qué habrá ese afán de instalar cámaras en todas partes? Sin duda, las empresas instaladoras y las compañías de seguros y sociedades dedicadas a la seguridad en general tienen respuestas -y beneficios importantes- de muchos clientes y sus motivos individuales para avanzar con éxito en la siembra de aparatos y servicios de protección por toda España.


Indudablemente, por INSEGURIDAD. Esa es su función y con ella tratar de disuadirla y/o facilitar la corrección merecida al infractor grabado, como herramienta de apoyo a jueces y policías.


La falta de seguridad constriñe la libertad, la de quien es asaltado y la del que es obligado, con amaño, engaño o dolo, directa o indirectamente, a hacer y tener lo que no es razonable, justo, debido o consecuente. 


Y también se actúa contra la libertad -de elegir, de confiar- si el que nos debe responder, aclarar, facilitar, enseñar lo que se necesita saber, nos ignora, se despreocupa, o no respeta lo que nos suponía una apuesta de esperanza fiable. 


Las cámaras de la calle, esas que nos vigilan a todos, en todas partes y a las que hemos cedido una buena dosis de nuestra libertad individual y colectiva, se han convertido en ventanillas de denuncia del comportamiento y la desmesura de una actividad ciudadana conflictiva, malcarada, ofensiva, dando testimonio de la lamentable indefensión del común de los ciudadanos.


Veía yo hace apenas unos días en una grabación, como unos malhechores atracadores placaban física y agresivamente a un turista extranjero para robarle un reloj o una cartera, a plena luz del día y en presencia de la gente.


Sabemos por la prensa que el incremento de robos urbanos, en calles, transporte público y viviendas, crece sin parar. Y todo eso sin paliativos de tipo alguno; en el mínimo de casos solo una toma de razón policial y un atestado judicial sin apenas consecuencias.


La inseguridad sentida en nuestros días justifica deplorar cualquier ideología política que rija los servicios públicos. Resulta apático ver la ocupación ilegal de la propiedad inmobiliaria, el retraso de los trenes, las listas de espera sanitarias, las colas bancarias, las subvenciones injustificadas, el atropello urbano y tantas cosas.


Es muy normal que la gente converse a diario sobre acontecimientos públicos, que nos afectan a todos, catalogando inseguridades varias. Porque lo que no funciona pudiendo arreglarse produce rechazo y miedo, y el ciudadano se enrarece.


Así, se critica y piden soluciones para enmendar lo que se conoce como: inseguridad jurídica (eterna espera de sentencias), económica (incremento de precios) laboral (empleo irregular y salarios) financiera (alza de tipos de interés solo para créditos) política (alboroto, rencor, granujería electoral) fiscal (dureza impositiva) en definitiva, estamos instalados en una libertad empobrecida de inseguridad democrática y social.




Comentarios

  1. Esa cacareada seguridad aumentada por los diferentes dispositivos y empresas de la especialidad, en el fondo, no deja de translucir una incapacidad de la propia sociedad de la que formamos parte, para protegernos y una asunción de una, cada vez mayor pérdida de nuestras libertades individuales.

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  2. Como siempre lo expones extraordinariamente.Gracias

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  3. Suscribo tu comentario sobre la inseguridad que palpamos en nuestro entorno, precisamente fomentada por el deterioro, tanto del funcionamiento de las instituciones estatales, como de la confianza esperada entre los diversos estratos sociales. Vemos que a medida que avanza la tecnología, se refuerzan las diferencias de calidad de vida entre una minoría acaparadora de la riqueza mundial y el resto de seres, muchos de ellos subsistiendo en la miseria, después de la eliminación de una clase media exhausta.
    Puede que la solución a tanta inseguridad sea un rearme moral de la ciudadanía, exigiendo un cumplimiento íntegro de nuestros derechos y obligaciones, con especial atención a los que ostentan cargos públicos, tanto políticos como administrativos.
    También se ha deificado el dinero, cuando es el peor enemigo de la convivencia y la fuente de todas las fricciones. Las organizaciones internacionales han de velar para que el comercio mundial esté enfocado en la mejora de las relaciones entre países, aprovechando sinergias y mediando en la distribución de oportunidades.
    Creo que lo expones claramente: estamos en un momento crítico a todos los niveles.

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  4. Lamentablemente los avances tecnológicos, complejidad social , estilo de vida , etc y más en las grandes ciudades, conllevan muchas limitaciones.Una muy evidente es la falta de seguridad ciudadana a la que nos exponemos a diario.
    Enseñamos a los niños ,desde pequeños ,a desconfiar de desconocidos, a incorporar precauciones en su conducta con el fin de protegerse y adaptarse al medio.
    Es algo muy interiorizado y asumido con normalidad por todos.
    Dónde están los límites de tanta vigilancia y precaución?
    Nuestra libertad , por supuesto, se encuentra amenazada por el propio sistema.
    Montse Casas


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  5. Estoy de acuerdo con sus argumentos y le agradeceríamos propuestas de solución para los problemas del día a día que, aunque pueden ser a coste 0, por dejadez de la Admon y todos aquellos que dicen ayudar al mayor, están permitiendo que la pensión quede muy disminuida o llegar a la hipoteca inversa, el que tiene casa

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