Ayer tarde, saliendo de una muy agradable comida en grupo, pensé que podía merecer la pena en estos días, reflexionar sobre esa práctica de positiva convivencia y sus antagónicas reuniones frías, ceremoniosas e impostadas mesas de trabajo, donde generalmente se pasa solo regular.
Es bastante común que nos reunamos en mesas, o en sillas frente a una mesa, para plantear y hasta resolver una diversidad de asuntos de las vidas doméstica y profesional.
Prácticamente, la utilidad de una mesa convierte su presencia en un elemento fundamental de cualquier dependencia donde deban encontrarse y permanecer dos o más seres humanos.
Sin duda, la carencia de ese mueble allá donde sea, crea un verdadero problema para ubicaciones varias. Y su suplencia por un mostrador u otro soporte habilitando una caja grande, unos bastidores con un tablero, u otro ingenio improvisado, suele acabar en una suerte de contratiempos.
Sentada pues su vital importancia, diré que hay mesas de muchas clases. No me refiero ahora concretamente al protagonista mueble; para eso están los catálogos de los establecimientos que las fabrican o comercializan. Sino al destino que le dan los que se sientan delante o frente a ellas.
Y voy a citar algunas cuantas. Por ejemplo, mesas para comer; mesas escritorio, de despacho, oficina, recepción, consulta, libramiento, de firmas, de laboratorio; meas de reunión, para juntas, presentaciones colectivas, votaciones, contratación, de apuestas y juego, redondas de opinión; mesas de estrados, judicial y académica, de consejo de administración; del Congreso de los diputados senadores, ediles, y otras muchas.
Aquellas mesas materiales y esas composiciones humanas, dan lugar, a su vez, a las formas y tamaños de los imprescindibles enseres. Sin embargo, “mi mesa de referencia de hoy” sería cualquier mesa donde unos cuantos humanos se encuentran para celebrar alguna reunión por su razón o motivo del encuentro.
Porque propongo obtener algún valor del talante, o disposición personal, con que nos conducimos estando reunidos. De la intención de nuestra comparecencia en ese acto. La expectativa del clima de la reunión. El significado y deseos de las exposiciones. La sinceridad o malicia en los planteamientos. La conducta respecto del protocolo o la educación presencial. Las consideraciones en cuanto a las explicaciones o interpelaciones de los intervinientes. La calidad de los resultados, independientemente de su logro.
Diría que, lo importante será , al final del cónclave, la satisfacción final de la reunión, el cumplimiento de las sensaciones esperadas, la confirmación, para bien o para mal, de las desesperanzas, la felicidad de haber tenido un final dichoso o comprensivo, o la culminación de algo pretendidamente valioso.
Y será aquí donde quiebre en demasiadas ocasiones la ilusión, la confianza, el empeño y la voluntad, al comprobar como a menudo en una “tabla con patas”, del comedor familiar, del Congreso, del Juez, del Director de Empresa, del juego de mesa o casino y hasta del VAL, se pueden provocar desafueros, insultos entre pares, acusaciones falaces, disgustos emocionales, contrariedad y fatal desatino.
Pero llega una jornada, una reunión de verdaderos amigos o compañeros de estudios, trabajos, o viajes colectivos; de reencuentro familiar tras el tiempo, o en Navidad; convenciones empresariales de premio al mérito; resultados y disfrute de éxitos nacionales, deportivos, sociales o económicos, como contrapunto de aquella otra realidad, tan humana de vida común deseada feliz.
Los seres humanos, nos decimos ser iguales y los principios naturales y morales que nos sustentan, nos corresponden a todos por igual en cuanto a su disfrute en comunidad de vivientes. La realidad individual de cada cual nos diferencia, puesto que esa no es solo un derecho, es también un deber primordial que llamamos respeto.
Bienvenidas las buenas cenas y comidas en grupo de estos días, donde lo repetido sea la felicidad general. Deslicemos lodo abajo, en limpio recorrido, la maleza de nuestras diferencias. Abracemos la comunión de los buenos surtimientos y orillemos los deseos que ahora no tocan. Intentemos vivir en paz. Disfrutemos de tanta luz municipal de paseos y plazas, camino de Belén.
Hola Joaquín; conservo todavía el buen sabor, no tanto del almuerzo que nos sirvieron hace pocos días en el hotel donde nos concentramos para celebrar la llegada de las fiestas de Navidad, sinó de la alegría en vernos reunidos los supervivientes de una época ya pasada, pero que continúa peleando para que se mantengan unos principios que generamos durante nuestra vida laboral. Por este motivo, hago votos para que podamos seguir esta costumbre hasta que se diluya en el tiempo con el último brindis alrededor de una mesa.
ResponderEliminarAgradezco tus buenos deseos hacia el futuro.
Enric
Alrededor de una mesa, elemento imprescindible en cualquier espacio compartido, siempre suceden cosas... a veces buenas, otras no tanto, pero nunca el tiempo es perdido cuando 'compartes' mesa. Ojalá no perdamos esa buena costumbre, de compartir, debatir, disfrutar, proponer, comentar, comer y beber, jugar o participar... entorno a una mesa. Ojalá llegue más tarde que pronto el día que no sea necesaria o que los que se sienten a ella, tengan suficiente con su propia persona o lo que les rodea (el ordenador, la tablet, el teléfono,...). Ojalá siempre haya una mesa y quién tenga la intención de darle un uso más allá del de servir de sustento de objetos o ser un elemento de decoración. ¡Gracias mesas por tanto!
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