Las gentes, estos primeros días de enero, gustan felicitar a sus congéneres el año estrenado. Es como expresar el deseo de tener todos la suerte a favor durante los próximos 365 días.
Se trata de una costumbre mundial y objetivamente positiva que hermana a las personas de buena voluntad en el propósito de vivir en felicidad. Después, la realidad del diario acontecer nos traerá el reparto cierto de nuestra ventura que, ojalá, colme a la mayoría.
Mientras el año que se ha ido lo fue por viejo, al que nos llega cual bebé en canastilla, le llamamos año nuevo. Así, nos parece que dejamos atrás los malos acontecimientos, generales o individuales, que tuvimos en el anterior y que el comienzo del recibido está limpio, vacío y bien dispuesto a tener bonanzas, premios y loas merecidas o afortunadas.
Es decir, que vamos a gozar de un desarrollo paulatino de bienestar y progreso, consiguiendo alcanzar aquellos deseos que todos aspiramos. O sea, hacemos gala de una inversión decidida en esperanza, con algún gramo de ingenuidad.
Las personas, en general, queremos superarnos y promocionar en el trabajo y en la condición económica. Las empresas apuestan por el crecimiento del beneficio. Los comerciantes aspiran a vender más. Los políticos porfían en su propósito de mantenerse en el poder o en su aspiración a conseguirlo.
Los enfermos, recuperar la salud y los menos favorecidos, salir de la pobreza. Los defensores de quimeras aspiran a ser tenidos en cuenta. Los opositores -que estudian al efecto- sueñan con ver alcanzado su objetivo. Todos queremos más y mejor vivir. Y todo eso es loable y enriquece la existencia.
En conjunto, a tales aspiraciones y algunas pretensiones me gusta considerarlas como el camino hacia la prosperidad. Ser y sentirse próspero, alcanzar y pervivir en ella significa llegar a una meta deseada y, aparte la suerte premiada, ser como la confirmación del mérito a un esfuerzo personal.
Tengo la impresión de que lo de próspero, como nos recuerda y anima la popular canción navideña “…feliz Navidad, próspero año y felicidad…” ahora lo decimos menos. Preferimos usar otras palabras para señalar aquello que acrece en nuestra vida.
Solemos pedir aumentar/mejorar/conseguir; la riqueza, los beneficios, el sueldo, el estrato social, la salud. Hoy está de moda el empoderamiento -¡cielos, que expresión!- para equiparar derechos personales. Nos gusta obviamente desear estos días tener “un buen año” y que nuestra felicidad haga olvidar el anterior.
En otro tiempo, ciertamente de mayor penuria pero de precisa esperanza, se conjugaba el verbo prosperar con alta frecuencia. Era normal animar a la juventud en la prosperidad para inculcar el estudio; al joven trabajador para animarle a promocionarse en su oficio; al emprendedor para incentivar su autonomía profesional; al empresario para consolidar su negocio.
A cualquiera, en suma, que estaba en la senda del progreso personal, se le atribuía un futuro próspero. Y hasta en el llamado progreso social se destacaba en su cartelería ser un claro objetivo de prosperidad.
He conocido recientemente que el gobierno chino ha dispuesto un programa social que viene a llamarse “prosperidad compartida”. Sus gobernantes pretenden, mediante las medidas acordes a su ideario político-económico que tan buen resultado le puede llevar a liderar el mundo, un particular reparto desde la abundante riqueza que algunos pocos de sus nacionales están consiguiendo hacia la ampliación y consolidación de su nueva clase media.
Seguramente, también se propondrán vigilar de cerca la progresión económica individual y evitar desvaríos inconvenientes. Pienso que tal “prosperidad” diferirá bastante de la que yo sostengo y que empieza por un orden individual voluntario para propagarse a colectivos que comparten la intención y procuran un desarrollo social mejor de forma permanente.
Bienvenido sea el nuevo año si al final nos resulta próspero, lo que buena falta nos hace a los españoles al estar cifrando hoy datos (capacidad productiva, bienestar social, nivel de conocimiento, desplome del PIB, fuerte desempleo, escalada del IPC, inquietud política) últimamente nada florecientes y de dudoso agüero a corto plazo.
Joaquín Ramos López
Muchas gracias por los conceptos vertidos Joaquín, que también son adaptables a nuestro continente y en específico a México, en especial me llama la atención el enfoque que pones al término "empoderamiento" también muy de moda en estas latitudes que más que tener que ver con desarrollo o prosperidad suelo sentirlo como un termino ventajista con cierto tono de venganza.
ResponderEliminarY continuando con el tema del artículo -interesante como siempre- permítanme desearles a ti, a Maricarmen y a tus amables lectores un tradicional Feliz y Próspero año 2022 en el que finalmente se erradique el "bicho" que tanto nos ha descontrolado casi por dos años.
Afectuoso abrazo
Sergio Palma
Ciudad de México
Ya es un buen síntoma de salud mental para toda la población global, que nos deseemos anualmente felicidad y prosperidad para el año que comienza.
EliminarCreo que, al margen de la felicidad, que es un estado anímico muy fluctuante, condicionado a los más variados avatares; la prosperidad ya es un concepto más terrenal y sujeto al grado de riqueza y posicionamiento social.
Bienvenidos sean los dos deseos si son emitidos cordialmente y con la mejor reciprocidad. Más aún si llegan a realizarse.
Con mis mejores deseos para el 2022
Feliz año nuevo,gran reflexión cono siempre,felicidades
ResponderEliminarQue sea favorable, conlleve éxito o felicidad. ¡Amén!
ResponderEliminarEse es mi deseo también para todo el mundo, sabiendo que lo importante no es que sea mucho sino mejor. Un poquito es suficiente si permite estar bien. Yo soy de las personas que sigue felicitando la Navidad con una postal vía Correos, y en ella deseo un Próspero Año Nuevo porque sigo creyendo que el crecimiento (en todos los sentidos, sea en lo íntimo, sea en lonsuperfluo) debe desearse pasito a pasito, y siempre.