De mucho tiempo y lugar siempre se ha corregido a los niños que si decían mentiras se sabría seguro, porque les crecería la nariz. Conocida la vulneración de la verdad, si había razón severa, era costumbre acompañar la réplica con la advertencia de confesión sacerdotal y, si procedía anticipo de penitencia, aplicar un castigo de privación de cosa muy deseada. En las excursiones y sus cánticos infantiles, entonces y más tarde también, nunca ha faltado el popular “Vamos a contar mentiras”, aquel de …por el monte la sardina, tralará, tralará… como desahogo y chufla al requiebro de mentir. Las mentirijillas y pequeñas trastadas podían considerarse de menor enfado y se solían responder con consejos de sus mayores venidos a ese cuento, aprovechando así abundar en la instrucción racional del menor. Pinocho, ese muñeco conocido como el icono de la mentira por excelencia, tiene presencia doméstica y es recurso gráfico habitual en todo el mundo. Públicamente, añadiendo largura al apéndice ...
Este es mi pequeño rincón de expresión con el que pretendo dar rienda suelta a mi necesidad de explicar aquello que pienso y siento acerca de temas genéricos y, sobre todo, humanísticos, simplemente por el hecho de escribir y expresarme.